04/05/2026
En las fiestas de otoño, los niños de cuarto básico atraviesan un proceso completo:
siembran el trigo un año antes, lo cuidan, lo cosechan, lo muelen y finalmente hacen pan.
Ese pan no es solo alimento.
Es una ofrenda.
En ese gesto aparece algo que solemos olvidar:
que en cada alimento actúan fuerzas que no vemos,
pero que sostienen la vida.
La tierra, el agua, el sol, el tiempo…
y también la intención humana de cuidar y nutrir a otros.
Cuando un niño vive ese proceso,
no solo aprende a hacer pan.
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Con lo que lo alimenta,
con quienes trabajan para que eso sea posible,
y con algo más grande que lo contiene.
Y desde ahí, la cocina vuelve a ocupar su lugar de origen, ser un punto de unión entre fuerzas invisibles y nuestro rol en la Tierra.