25/04/2026
OPINIÓN | Hace poco escuchaba a un hombre decir: “pobres las mujeres de estos tiempos, no encontrarán un varón que las acompañe; los hombres de ahora no están cumpliendo su rol”.
Y quizá el problema no es solo que no estén cumpliendo un rol… sino que han olvidado lo que ese rol realmente significa.
Ser hombre nunca fue únicamente proveer o estar presente a medias. Era asumir una posición: ser dirección, ser estructura, ser ese “sacerdote del hogar” que no impone, pero sí sostiene; que no domina, pero sí guía; que no exige desde el vacío, sino que construye desde el ejemplo.
Y ahí es donde empieza la ruptura.
Hay hombres que crecieron en edad, pero no en verdad y toma de decisiones. Que saben exactamente lo que quieren en una mujer… pero no tienen la misma claridad sobre lo que están dispuestos a ofrecer.
Exigen estabilidad, pero viven en lo provisional.Piden admiración, pero evaden responsabilidad.
Quieren una mujer centrada, cuidada, emocionalmente madura… pero sin invertir tiempo, presencia ni compromiso real.
Y en medio de esa incoherencia, aparece otro patrón que pocos quieren nombrar con honestidad: la infidelidad normalizada.
Hombres que prometen lealtad, pero se dejan llevar por placeres en silencio. Que buscan fuera lo que no han sido capaces de construir dentro. Que se acostumbran a lo que tienen en casa… y solo valoran cuando ya no está.
Porque ser “sacerdote del hogar” no es un discurso bonito. Es una responsabilidad incómoda. Es renunciar a lo inmediato para sostener lo importante. Es tener dominio propio cuando nadie está mirando. Es construir un entorno donde la mujer no tenga que sobrevivir, sino pueda florecer.
Pero eso exige algo que muchos no están dispuestos a asumir: disciplina, coherencia y carácter.
Y entonces aparece la contradicción.
Se pide una mujer leal… sin ser leal. Se exige respeto… sin practicarlo. Se quiere una mujer que admire… pero no se le da nada que admirar.
Porque al final, no es falta de opciones.
Es falta de hombres dispuestos a incomodarse lo suficiente como para asumir, con seriedad, el tipo de vida que dicen querer construir.
Y quizás por eso, más que una escasez de mujeres sabias edificadoras, lo que realmente se percibe es una escasez de hombres dispuestos a estar a la altura de aquello que buscan.