08/06/2026
Me cagan los whitexicans.
Hola. Soy yo, la Dra. Sánchez, y ahora ando en el mercado porque... pues, es domingo.
Y me cagan.
No los fresas. No la gente con dinero. No la señora que compra orgánico, ni el señor que toma proteína en polvo hasta para rezar el rosario.
Los whitexicans.
Esa subespecie urbana que entra a cualquier lugar como si el mundo fuera una extensión de su fraccionamiento privado.
Tengo años viniendo a la Central de Abastos de Iztapalapa.
Años de caminar pasillos, cargar bolsas, comparar jitomates, probar fruta partida con cuchillo de marchante y recibir esa bendición de la vida popular:
—Pásele, güerita, está bien dulce.
Me gusta chacharear. Me gusta buscar frutas y verduras baratas. Me gusta esa paz morbosa de estar en medio de un tianguis enorme, vivo, sudado, gritón, colorido.
La Central tiene algo de bestia antigua: respira por sus bodegas, ruge por sus diableros, suda mango, cilantro, jitomate, cebolla y gasolina.
Ahí una aprende las reglas.
No escritas, pero sagradas.
Te formas. Te haces a un lado si viene un diablito cargado. No estorbas a lo pendejo. No llevas al perro a c***r entre las cajas de papaya. No te crees dueño del pasillo. No te metes en la fila porque tu camioneta cuesta más que la primaria donde estudió medio país.
Pero desde hace dos meses algo cambió.
Todo se encareció en los supermercados y la Central se empezó a llenar de carritos de esos que venden en Costco.
Carritos nuevos, limpiecitos, aspiracionales, arrastrados por señoras que fácilmente podrían llamarse Paulina o Ana Sofi, con lentes grandes, tenis caros y cara de:
—Ay, descubrí el mercado popular. Qué experiencia tan auténtica.
Atrás de ellas vienen los Camilos.
Hiper mamados. Camisetas untadas al cuerpo de gimnasio. Brazos de proteína. Cara de suplemento.
Caminan como si acabaran de conquistar Tenochtitlan con una membresía ejecutiva y un shaker en la mano.
Y los perros, claro.
Perros pipirisnais, miembros honorarios de la familia, atados a correas carísimas, oliendo nopales, metiendo el hocico entre cajas de fruta y cagando donde se les antoja porque, aparentemente, la civilización termina cuando empieza Iztapalapa.
Y ojo: me da gusto por los comerciantes.
Porque antes, a eso de las dos de la tarde, muchos ya andaban recogiendo. Bajaban cortinas, acomodaban cajas, juntaban lo que quedaba.
Ahora no.
Ahora la Central hierve.
Está llena. Viva. No cabe un alfiler.
Hay compradores por todos lados: carritos, cajas, diableros adaptados, mandados enormes, familias enteras jalando verdura como si fuera procesión de Semana Santa hortícola.
Eso está bien.
Que vendan. Que ganen. Que se mueva el dinero.
Pero una cosa es llegar a comprar y otra llegar a colonizar el pasillo con actitud de:
—Permiso, venimos a descubrir lo que ustedes llevan décadas haciendo.
Hoy íbamos saliendo del estacionamiento.
Llenísimo. Hasta su madre.
La fila para pagar era larga, lenta.
Todos ahí, como ciudadanos normales, arrastrando nuestro mandado, sudando tantito, avanzando de medio metro en medio metro, aceptando el destino como se acepta el precio del aguacate: con dolor, pero con dignidad.
Entonces apareció una Denali.
Claro que tenía que ser una Denali.
Se salió de la fila y se fue por un lado.
Todos pensamos:
—Bueno, se va a estacionar.
Normal. Pasa.
Luego un MG blanco hizo lo mismo.
También pensamos que iba a buscar lugar.
Pero no.
Los hijos de su reputísima whitexican madre se metieron hasta adelante.
Así. Sin vergüenza. Sin el menor respeto por los pendejos —nosotros— que llevábamos media hora formados esperando pagar.
Y bajaron la ventanilla.
Un Camilo cualquiera.
Uno de esos Camilos con mandíbula de comercial de banco, mirada de “yo no hago filas” y seguridad heredada desde la cuna.
El tipo de güey que seguramente dice:
—La neta, México está ca**ón.
Mientras él mismo lo cabronea cada vez que puede.
La impunidad es contagiosa.
Atrás venía un Audi rojo.
Vio al otro, se envalentonó y dijo:
—Ah, pues yo también.
Así empiezan los derrumbes de civilización.
No con guerras. No con meteoritos.
Con un pendejo metiéndose a una fila y otro pendejo pensando que si él pudo, yo también.
Años viniendo a la Central.
He visto mentadas de madre, empujones, discusiones por cajas, camiones atorados, diableros endemoniados, señoras peleando por el mejor melón, marchantes enojados, clientes necios, caos del bueno.
Pero esto no.
Esto es otra cosa.
Es una clase social que llega a un espacio popular a sacar “la experiencia”.
—No mames, wey. Fui al mercado.
—¿Cuál?
—Pues uno de verdad.
Y creer que la fila es para los indios.
Creer que el orden comunitario aplica para los demás, no para ti.
Llegar a la Central de Abastos —ese monstruo hermoso, enorme, popular, mestizo y trabajador— y comportarte como si estuvieras en el valet parking de un restaurante de Polanco.
Y ahí una empieza a sospechar algo terrible.
A lo mejor los nacos nunca fueron los del mandado en bolsas tejidas de ixtle.
A lo mejor los nacos no eran los diableros, ni las señoras con mandil, ni los marchantes gritando precio, ni los que venimos desde hace años a buscar fruta barata y verduras buenas.
A lo mejor los nacos son los que llegan con camioneta enorme, perro fino y cero educación comunitaria.
A lo mejor lo naco no era comprar en la Central.
A lo mejor lo verdaderamente naco era creer que por manejar una Denali puedes pasar por encima de todos.
Y sí.
Me cagan los whitexicans.
Punto
Adriana Sánchez 2026
Crónicas de un médico cínico