04/09/2026
El mangó 🥭 de las memorias
En esta época del año, en la iglesia pasa algo bien bonito. Quienes tiene árboles de mangó en sus casas —la mayoría viven en zonas urbanas que carecen de árboles frutales— llegan todos los martes y domingos con cajas o bolsas llenas de mangó para compartir. La gente va y busca de todo un poco, pues son variedades diferentes.
Sin embargo, uno que otro domingo escuchas que alguien empieza, en voz baja, casi tipo secreto: “¡Hay mangós de Casa Contenta!” Y con la misma emoción sigilosa van y se acercan a la caja de cartón, con bolsas de papel en dos tamaños diferentes, a llevarse aunque sea un mangó de Casa Contenta. Aún personas que no comen mangó (¡¿cómo es esto posible?!).
Con el mismo sigilo, alguien se me acerca y me dice: “Yo tengo mangó, pero le voy a llevar este de Casa Contenta a mami.” O a tití o a alguien más que también conoció a papi.
Y es que la gente sabe que esos árboles de mangó de Casa Contenta los sembró papi. De algunos de ellos él no llegó a comer. Se paraba frente a los árboles y me decía: “Lo más seguro de estos árboles yo no llegue a comer, pero la gente sí.” Y ese “la gente” de papi siempre era “la gente de la iglesia” o de la comunidad, de la familia extendida… la gente que tanto amó y pastoreó. Nunca pensaba en quedarse con la abundancia de los frutos: siempre eran para compartir.
Así que, ver cómo se vacía la caja de mangós de Casa Contenta siempre va ser un viaje al rincón de los recuerdos de y con papi. Aunque ya papi descansa de sus trabajos, en una sencilla caja llena de mangós, sus obras le acompañan y siguen (Apocalipsis 14:13).
Aunque lo extraño mucho con demasia’o, siempre estoy agradecida a Dios por el legado y testimonio de vida, amor y servicio de papi.
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