10/02/2026
Confieso que al retomar la rutina después del Camino de Santiago, me sentí triste.
Y al principio pensé que simplemente extrañaba caminar hacia Santiago… pero después entendí que no era solo eso.
Extrañaba cómo me sentía mientras caminaba.
En el Camino había paz, esperanza y fe.
Y de repente volví a la vida cotidiana…
A las carreras. A los problemas. A la impaciencia. A un mundo en el que muchas veces cada uno va pensando solamente en llegar primero, sin darse cuenta de a quién empuja, a quién ignora o a quién deja atrás.
Sentí que vivimos a toda velocidad, arrastrados por una corriente que nos desconecta de nosotros mismos: de nuestro corazón, de nuestro espíritu, de nuestra esencia… y también de Dios.
Seguimos adelante, sí. Pero muchas veces avanzamos sin sentir, sin mirar, sin escuchar. Vamos tan rápido que ni siquiera sabemos hacia dónde estamos corriendo.
Y eso me dio miedo.
Quiero que el Camino permanezca en mí.
Quiero caminar más despacio por la vida. Mirar a las personas a los ojos. Ayudar y dejarme ayudar. Escuchar a quien lo necesita. Dar esperanza. Tener fe. Recordar que todos llevamos una historia, un cansancio y, muchas veces, una tristeza que los demás no pueden ver.
Quizás no puedo seguir caminando todos los días hacia Santiago… pero sí puedo elegir llevar el espíritu del Camino a mi vida cotidiana.
Porque ahora entiendo que llegar a la Catedral no fue el final.
El verdadero Camino empezó cuando regresé a casa.