09/19/2025
19 de septiembre de 2025
Y ahora, que toda la gloria sea para Dios, quien es poderoso para evitar que caigan, y para llevarlos sin mancha y con gran alegría a su gloriosa presencia.
Judas 1:24 [NTV]
¡Qué resbaladizo es el camino por donde andamos!
En cierto sentido el camino al cielo es muy seguro; pero, por otra parte, no hay un camino más peligroso, pues está rodeado de dificultades. Un solo paso mal dado (¡Cuán fácil es darlo si la gracia no está con nosotros!) basta para que caigamos. ¡Qué resbaladizo es el camino por el cual algunos de nosotros debemos andar! ¡Cuántas veces hemos de exclamar con el salmista: “Casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos”. Si fuésemos fuertes y diestros alpinistas, no importaría mucho; pero, ¡cuán débiles somos! En los mejores caminos pronto titubeamos, y en los más llanos pronto tropezamos. Nuestras débiles rodillas apenas pueden sostener nuestro tambaleante cuerpo. Una paja puede hacernos caer, y una piedrecita herirnos. Somos simples niños dando trémulamente los primeros pasos. Nuestro Padre nos sostiene de los brazos; de lo contrario, pronto caeríamos. Si nos guarda sin caídas, ¡Cómo debemos bendecir al paciente poder que nos vigila día por día! Pensemos cuán propensos somos a pecar, cuán prontos a escoger el peligro, cuán fuerte es nuestra tendencia al desaliento, y estas reflexiones nos harán cantar más suavemente: “Gloria al que es poderoso para guardarnos sin caída”. Tenemos muchos enemigos que procuran derribarnos. El camino es escabroso y nosotros débiles; pero, aparte de esto, los enemigos se esconden en emboscadas, salen cuando menos los esperamos, y se esfuerzan por hacernos caer o por echarnos en el precipicio más próximo. Solo un brazo todopoderoso puede preservarnos de estos invisibles enemigos, que buscan destruirnos. Ese brazo está empeñado en nuestra defensa. Fiel es el que prometió; Él es poderoso para guardarnos sin caída. Así que, con un claro concepto de nuestra entera debilidad, tengamos firme confianza en la perfecta seguridad que tenemos en Jesús.
¿Somos irreprochables delante de Dios?
Medita en esta admirable palabra: irreprensible. Nosotros estamos ahora muy lejos de serlo; pero, como el Señor no carece de perfección en su obra de amor, algún día lo alcanzaremos. El Señor, que guardará a su pueblo hasta fin, se lo “presentará también para sí como una Iglesia gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante, sino santa y sin mancha”. Todas las gemas de la corona del Salvador son de primera agua y sin una sola falla. Todas las damas de honor que acompañan a la esposa del Cordero son vírgenes castas, sin mancha ni tacha. Pero, ¿cómo nos hará Jesús irreprensibles? Nos lavará de nuestros pecados en su propia sangre hasta que seamos tan blancos y hermosos como el más puro ángel de Dios. Seremos vestidos con su justicia, esa justicia que hace que el santo que la vista sea positivamente irreprensible, y perfecto en la presencia de Dios. Seremos irreprensibles e irreprochables aun en sus ojos. su ley no solo no nos acusará, sino que será magnificada en nosotros. Además, la obra del Espíritu Santo en nosotros será completa. Nos hará tan perfectamente santos que desaparecerá de nosotros la tendencia a pecar. El vicio, la memoria, la voluntad; cada Una de las facultades y cada uno de los sentimientos serán librados de la esclavitud del mal. Seremos santos como Dios es santo, y estaremos en su presencia para siempre. Los santos no estarán en el cielo fuera de ambiente; su belleza será tan sublime como la belleza del lugar que se les ha preparado. ¡Oh, cuál será el éxtasis de esa hora cuando las puertas eternas se levanten, y nosotros, aptos ya para la herencia, habitemos con los santos en luz! El pecado quitado, Satanás cerrado, la tentación eliminada y nosotros irreprochables delante de Dios. ¡Esto en realidad será un cielo! Alegrémonos, mientras ensayamos el canto de eterna alabanza.