Los primeros inmigrantes, provenientes de una Europa empobrecida, llegaron en tropel para asentarse en los suburbios de la pujante ciudad portuaria. La incipiente llegada del tendido eléctrico iluminaba las primeras noches artificialmente, y el tranvía comenzaba a conectar el centro comercial con los distintos pueblos. Uno de estos era la localidad de San Telmo, barrio tradicional por excelencia,
ubicado al sur de la ciudad. Sin embargo, entrada la década de 1890, las familias más adineradas ya habían abandonado esa localidad, azotadas por la epidemia de fiebre amarilla, dejando en alquiler sus viviendas. Estas fueron ocupadas por los recién llegados, que transformaron los antiguos caserones en los prácticos conventillos de comienzos del siglo XX. Acorde a estas transformaciones, las antiguas despensas de ramos generales quedaban chicas y desbordadas, por lo que pronto surgió la necesidad de abastecer la creciente población de manera más eficiente y cómoda. Fue entonces que José Ocantos, decidió emprender la construcción de un gran espacio donde los vecinos pudieran comprar sus artículos de primera necesidad. El lugar elegido fue un galpón ubicado entre las calles Defensa, Carlos Calvo, Bolívar y Estados Unidos. Desde 1893 había albergado una alfarería, fondas y billares, lugares para el ocio popular. La construcción estuvo a cargo de la firma Moliné Hermanos, Siendo mas tarde adquirida por la familia Devoto. El Mercado de San Telmo fue inaugurado el 14 de febrero de 1897 para sorpresa de los habitantes del sur de Buenos Aires. El mercado contaba con puestos de carnicería, pescadería, verdulería, panadería, florería y hasta mercería. Muy pronto este novedoso edificio se convirtió en uno de los lugares favoritos del vecino de San Telmo. Todos se conocían, puesteros y clientes, y la relación comercial a veces era una mera excusa para poder socializar con el resto de los habitantes, donde se resaltaban los valores morales, la fraternidad, la comunicación directa y el intercambio cultural. Para llevar adelante semejante emprendimiento, se contrató a un arquitecto italiano para que se encargara del diseño del edificio. Juan Antonio Buschiazzo, un reconocido profesional que por aquel entonces ya había realizado obras fundamentales en Buenos Aires, le dio una impronta elegante y contemporánea al edificio. Se trata de un estilo netamente europeo fruto de las corrientes artísticas de la Belle Époque. Buschiazzo creó un edificio a base de pilares de acero medio punto con un techo vidriado para lograr una claridad natural y las entradas dispuestas de manera que el flujo de la ventilación sea constante. El piso de mármol de carrara fue utilizado tanto los halls centrales como las estructuras interiores, produciendo un tono italianizante que le dio una impronta de modernidad. Fue desde 1960 que comenzaron a realizar tareas de restauración y hasta fines del siglo XX el Mercado resistió varios intentos de reformas y las intenciones de ser adquirido para destinarlo a otros fines. Es que a medida que pasaron los años los descendientes de los primeros vecinos tomaron conciencia del valor histórico y cultural que tiene el Mercado.