25/08/2026
¿ANTES DE COMER, YA DECIDISTE?
Pensá en esto:
Vas caminando y, de repente, sentís olor a pan recién horneado.
No lo viste.
No lo probaste.
Y quizás ni siquiera tenías hambre.
Pero algo pasó.
“Qué rico…”
“Qué ganas…”
¿Quién fue el primero en aparecer?
Tu nariz. 👃
El olfato no solamente nos ayuda a reconocer lo que estamos comiendo. También participa en la anticipación del alimento y puede despertar apetito o deseo por algo en particular. La investigación muestra que los olores de alimentos pueden aumentar especialmente el apetito y el deseo por ese alimento, aunque su efecto sobre qué elegimos comer o cuánto comemos es mucho más variable.
Y acá viene lo fascinante:
el olfato también participa en eso que llamamos “sabor”.
Cuando masticamos, los aromas liberados por el alimento viajan desde la boca hacia la nariz. Es la llamada olfacción retronasal.
La lengua detecta los sabores básicos.
La nariz aporta información sobre los aromas.
Y el cerebro integra todo eso para construir nuestra experiencia de sabor.
Por eso, cuando tenemos la nariz tapada, muchas veces sentimos que la comida “no tiene gusto”.
No es que desapareció el gusto.
Falta una parte de la información que construye el sabor.
Y entonces aparece una pregunta todavía más interesante:
¿Cuántas veces comemos porque tenemos hambre… y cuántas porque algo despertó nuestras ganas de comer?
No hay una respuesta única.
El hambre, los recuerdos, el contexto, lo que vemos, lo que olemos y nuestras propias experiencias pueden participar en lo que sentimos frente a un alimento.
Y saberlo no significa desconfiar de nuestros sentidos ni luchar contra nuestros deseos.
Significa algo mucho más simple:
entender un poco mejor lo que nos pasa cuando comemos.
Porque comer no empieza necesariamente con el primer bocado.
A veces empieza mucho antes.
Con un aroma. 🌿