24/06/2026
Los bloqueos en Bolivia pudrieron mucho más que alimentos en las carreteras: pudrieron nuestra sensibilidad como sociedad.
Cada día de bloqueo significó menos acceso a proteínas como carne, pollo y otras fuentes esenciales; frutas, verduras, lácteos, cereales y granos. Significó niños con menos hierro, adultos mayores con menos calcio, pacientes sin dietas adecuadas y familias enteras reemplazando nutrición por supervivencia. Cuando el alimento dejó de circular, la salud pública colapsó en silencio.
Pero los bloqueos terminaron, y la crisis no.
El hambre sigue. La pobreza sigue. La desnutrición sigue golpeando a miles de hogares bolivianos. El problema nunca fue solo el bloqueo; el problema fue la fragilidad de un sistema que deja a su gente al borde del colapso alimentario con demasiada facilidad.
Y mientras todo eso ocurría y aún ocurre en Cochabamba, proclamada capital gastronómica, muchos gastrónomos actuamos con una indolencia vergonzosa. Seguimos en eventos, galas, concursos y premiaciones, aplaudiéndonos entre nosotros como si viviéramos en una realidad paralela.
¿Premiándonos por qué, exactamente?
¿Por celebrar “excelencia gastronómica” en un país donde cada vez más personas luchan por comer una comida digna al día?
La gastronomía nunca debió convertirse en un club social de egos inflados, selfies y reconocimientos vacíos.
Ser chef no es solo cocinar bien; también es entender el valor social, humano y político del alimento.
Un chef que calla mientras su pueblo pasa hambre renuncia a una parte esencial de su oficio.
Nos acostumbramos demasiado a la comodidad del aplauso y muy poco a la incomodidad de la verdad.
Si, como sector gastronómico, no somos capaces de alzar la voz frente al hambre, la pobreza y la inseguridad alimentaria, entonces nuestros premios valen poco, nuestros discursos valen poco y nuestro supuesto prestigio vale aún menos.
Porque una gastronomía que solo se celebra a sí misma mientras su pueblo sigue pasando hambre no es cultura.
Es decadencia.