01/04/2026
En los tiempos de antes, la herencia no eran cosas, eran momentos.
Eran las voces de los abuelos sentados en la sala, contando historias que se quedaban viviendo en nosotros, como si el tiempo no pasara del todo.
En Semana Santa, todo se volvía más lento, más íntimo.
Mis abuelos tenía una forma especial de hacerla sentir distinta… más dulce. No era solo por lo que se comía, sino por cómo nos miraba, por cómo nos reunía, por ese silencio lleno de amor que dejaba en la casa.
Hoy entiendo que esa fue la verdadera herencia:
los recuerdos que abrigan, las palabras que aún resuenan, y ese amor sencillo que nunca se fue.