02/05/2026
Lee la descripción aqui te cuento un testimonio:
Ernesto que siempre decía con mucha seguridad:
“Comer huevo es malo, eso sube el colesterol y lo enferma a uno.”
Lo repetía tanto que en la familia ya era casi una regla. En el desayuno, mientras todos comían huevos revueltos, él prefería pan con café, convencido de que estaba haciendo lo correcto.
Pero con el tiempo, Ernesto empezó a sentirse diferente. Se levantaba cansado, sin energía, le daba sueño a media mañana y sentía que ya no rendía igual en su trabajo. Un día, su sobrino le dijo:
“Tío, ¿y si pruebas comer mejor? Más proteína, más comida de verdad… como el huevo.”
Ernesto se rió, pero en el fondo sabía que algo no estaba bien. Así que, sin decirle a nadie, decidió hacer un experimento. Una mañana se preparó dos huevos al desayuno.
Ese día fue raro… pero en el buen sentido.
No le dio hambre tan rápido. Se sintió más despierto. Trabajó mejor. Al siguiente día, volvió a comer huevo… y luego otro día… y otro.
Pasaron semanas y el cambio era evidente. Tenía más energía, menos ansiedad por comer dulces, y hasta se veía mejor. Un día, en la mesa familiar, mientras todos desayunaban, Ernesto agarró un huevo, lo miró y dijo:
“Yo estaba equivocado.”
Todos se quedaron en silencio.
“Pensé que el huevo era malo… pero es de lo mejor que uno puede comer. Me ha dado más energía que cualquier otra cosa.”
Desde ese día, Ernesto no solo cambió su forma de comer… también dejó de repetir todo lo que escuchaba sin comprobarlo.
Y cada vez que alguien decía “el huevo es malo”, él sonreía y respondía:
“Eso creía yo… hasta que mi cuerpo me mostró la verdad.”