05/08/2026
Hay fotografías que capturan un instante, y otras que guardan generaciones enteras.
En esta imagen están mi abuela Olga Luz y su hermana tía Carmelina. Dos mujeres nacidas bajo el mismo cielo de Fredonia, criadas entre las mismas montañas y el mismo hogar, pero con historias que la vida decidió escribir de manera diferente.
Mi tía un día hizo las maletas y partió hacia Medellín para perseguir sus sueños. Estudió enfermería, secretariado y derecho, construyendo una vida llena de aprendizajes y logros. Pero hay algo que nunca cambió: cada vez que tiene la oportunidad, vuelve a su tierra. Porque hay lugares que nunca dejan de ser hogar.
Mi abuela, en cambio, decidió quedarse. Permaneció en la vereda junto a mi abuelo, formando una familia de seis hijos. Su universidad fueron los amaneceres del campo, las cosechas, las manos cansadas, los sacrificios silenciosos y un amor tan inmenso que alcanzó para todos.
Hoy las miro y entiendo que el éxito no tiene una única definición.
Qué privilegio el mío venir de mujeres como ellas. Mujeres que, desde lugares distintos, me enseñaron que la grandeza no está en el camino que eliges, sino en el amor con el que decides recorrerlo.
Porque, al final, las raíces fuertes no impiden volar; son las que hacen posible regresar.