29/01/2014
¡Bendita cosecha!
Todavía no ha amanecido, y Madre ya está levantada. Le prepara el desayuno a Padre, mientras él está preparando a La Torda, para salir al campo.
Siempre la recordaré. La Torda era una mula grande, lustrosa, bien alimentada, pero dócil y mansa. Padre la tenía en mucha estima. Era sus pies y sus manos, como él decía. Te llevaba a los campos, tiraba del carro y cuando se la enganchaba al arado y padre la arreaba, emprendía el paso lento pero firme, durante horas, sin pararse, sin quejarse. “Qué buena es mi Torda” -le animaba Padre-. “Amos bonita, que ya nos falta poco!” Y ella escuchaba con sus orejas tiesas, y parecía comprender que, en gran medida, de ella dependía el sustento de la familia.
Era comienzo de verano. Ese tiempo en el que todavía las noches son frescas, pero cuando el día levanta, el sol se hace fuerte y el calor aumenta poco a poco. Presagio del duro verano de bochorno, que puntual a su cita, llega cada año.
Padre ya había segado el trigo. Los haces ya estaban en la era, esperando a ser esparcidos por el suelo y empezar la trilla. Trabajo monótono, pero imprescindible. De una buena trilla dependía sacar el máximo provecho, para luego, al separar el grano de la paja, tanto personas, como bestias, pudieran tener alimento para el resto del año. Para Madre, harina de trigo suficiente para el pan de todo un año en casa. El resto, lo vendería Padre, para poder subsistir. Para las bestias, la paja de la que comían y con la que se le ponía la cama en el establo.
“Antonio, llamaba Madre, levanta hijo y despierta a tus hermanos que tu padre os espera”. “Ya voy Madre”, contestaba yo, y raudo me levantaba de la cama y llamaba a la Juana y el Luis, perezosos ellos, y rápido, todos a desayunar leche y pan, mientras Padre ya tenía el carro preparado.
“Amos que se hace tarde ya, y ogaño tenemos mucha faena en la era, gracias a Dios”. No hacía falta que lo repitiera. Allí salíamos los tres, corre que te corre, y con la agilidad que dan los pocos años, nos encaramábamos de un salto en el carro, y arreando para la era.
El trayecto no era largo. Cuando llegamos, tío Jacinto ya está allí, con los primos Julián y Alfonso. Ellos son más mayores y ayudan a Tío a esparcir los haces de trigo en el suelo. Mientras, Padre prepara a La Torda. Hoy comienza su trabajo más aburrido. Ella lo sabe… se hace un poco la remolona. Padre engancha el trillo a La Torda, y la arrea. Empieza una jornada larga, de vueltas y más vueltas, encima de los haces esparcidos. Mi trabajo y el de mis hermanos es servir de contrapeso encima del trillo, junto a algunas piedras que padre pone, porque ni la Juana ni el Luis pesan todavía lo suficiente. La Juana enseguida se queda dormida, con mi chaqueta por encima, y el Luis juega con las espigas, mientras yo, que ya soy un hombrecito, como madre dice, arreo a la Torda, para que dé vueltas y vueltas y más vueltas…
Cada poco tiempo, tío y los primos cogen sus horcas, y comienzan a aventar la paja, para ayudar a separarla del grano. Es bonito observar cómo el viento se lleva la paja, mientras la Juana, riendo sin parar, intenta agarrar algunas briznas al vuelo. El grano, poco a poco cae al suelo, haciendo pequeños montones que, más tarde, con ayuda de la criba, se limpiarán de tierra y piedras, para una vez medidas con las cuartillas, rellenar los sacos que Padre va cargando en el carro.
Y así, entre vueltas y volteos, pasa la mañana, pasa el día…pasa el verano… y yo recordaré mi primer trabajo, ayudando a mi padre encima del trillo. Ese mismo que ahora me observa, muy cercano a mí, en el salón, convertido en mesa. Cada vez que la observo, el trillo trae a mi mente bellos recuerdos…