29/07/2026
Toda mi vida pensé que la Tierra era redonda.
Porque así me lo enseñaron.
Hasta que ayer leía un titular de noticia que no, no es así, no es una esfera perfecta. Ni siquiera un cuerpo completamente regular. Es, simplificando mucho, un geoide: achatado, deformado y condicionado por la distribución de su propia masa, vamos una patata.
Y pensé que en enología ocurre exactamente lo mismo.
En la universidad necesitamos aprender que las cosas son “redondas”. Necesitamos modelos, fórmulas y reglas que nos permitan comprenderlas.
Que el oxígeno es enemigo del vino.
Que un mosto limpio fermenta mejor.
Que vendimiar pronto conserva la frescura.
Que más grado significa mayor madurez.
Que la madera aporta calidad.
Que una analítica puede decirnos cuándo vendimiar.
Que una determinada dosis funciona igual en todos los vinos.
Pero después llegas a una bodega, y descubres las irregularidades.
Descubres que una pequeña cantidad de oxígeno, aplicada en el momento adecuado, puede afinar un tanino; que cierta turbidez protege aromas y aporta nutrientes; que vendimiar demasiado pronto puede dar vinos ácidos, sí, pero también verdes, delgados y sin identidad.
Descubres que dos parcelas con el mismo grado probable pueden encontrarse en momentos fisiológicos completamente distintos. Que el pH, la acidez total, los polifenoles, la textura de las pieles, la lignificación de las pepitas y, sobre todo, el comportamiento de la planta cuentan una historia mucho más compleja que un solo número.
Y descubres algo todavía más incómodo:
Que lo técnicamente correcto no siempre es lo enológicamente acertado.
Porque el vino no es una esfera perfecta.
Es un sistema vivo, irregular y cambiante. Cada viñedo tiene su gravedad. Cada añada deforma las reglas. Cada depósito exige ser observado antes de decidir.
La universidad me enseñó a comprender los modelos.
Los años, los errores y miles de horas caminando viñedos me enseñaron a reconocer cuándo debo apartarme de ellos.
Quizá la experiencia consista precisamente en eso:
En dejar de buscar respuestas perfectamente redondas para una realidad que nunca lo ha sido.
La Tierra no es una esfera perfecta.
Y la enología, tampoco.