03/05/2026
Cuando era pequeña, mi madre hacía guardias larguísimas (o eso me parecía a mí).
De esas que no terminaban cuando acaba el horario.
De esas que le dejaban el cuerpo cansado, pero aun así llegaba a casa y seguía siendo madre.
Mi hermano y yo crecimos viendo eso.
Viendo trabajo.
Viendo esfuerzo.
Viendo a una mujer tirar hacia delante sin convertir el cansancio en excusa.
Y quizá por eso, desde bien jóvenes, también nos dejó hacer.
Nos dejó hacer la compra, ir y ve ir solos a la escuela y prepararnos la comida.
Equivocarnos con la sal.
Manchar la cocina.
Buscar soluciones.
Espabilar.
En su momento igual no lo entendíamos.
Hoy sí.
No nos estaba dejando solos.
Nos estaba enseñando a ser independientes.
A confiar en nosotros.
A entender que la vida no se resuelve esperando a que alguien venga a hacerlo por ti.
Y también nos enseñó algo que cada vez entiendo más:
Que lo importante en la vida no es solo llegar.
Es cómo llegas.
Es el camino.
Lo que aprendes.
Lo que superas.
Lo que construyes mientras avanzas.
Y ahora, cuando entro en bodega, cuando tomo decisiones, cuando una vendimia se complica, cuando toca trabajar sin mirar el reloj, me doy cuenta de que mucho de lo que soy como enóloga empezó allí.
En esas guardias eternas.
En esa cocina.
En esa forma silenciosa de educarnos.
Mi madre no me enseñó a hacer vino.
Me enseñó a trabajar.
A superarme.
A ser honesta.
A no rendirme a la primera.
Y a disfrutar del camino, incluso cuando cuesta.
Y con esos valores hago los vinos que hago hoy.
Felicidades, mamá.
Hay cosas que no se heredan.
Se aprenden mirando.
Y yo tuve la suerte de mirarte a ti. 🍷.
Feliz día de la Madre a tod@s.