Bodegas Mazas

Bodegas Mazas De la viña a la Copa. Bodegas Mazas comenzó a construirse utilizando una antigua bodega situada en el municipio de Morales de Toro.

Para conseguir un vino de calidad se han de cumplir una serie de requisitos; comenzando por una meticulosa selección de la uva en el campo. Nuestro cuidado por la uva hace que la vendimia sea manual con una compleja separación de cada una de ellas. Una vez en la bodega, las uvas son sometidas a un nuevo control de calidad para su posterior selección. El tiempo de la maceración de los hollejos o p

iel y la temperatura de fermentación son cuidadosamente elegidos en función de la variedad de la uva. Nos encontramos después con el proceso de maduración que da calidad al producto final. La obsesión de bodegas Mazas por la máxima calidad, nos lleva a dotar a nuestra bodega de las mejores tecnologías y a cuidar con esmero del proceso de elaboración.

Foto de José de Uña. Hay momentos que nos recuerdan la importancia de detenernos y mirar al cielo.Disfrutar del eclipse ...
14/08/2026

Foto de José de Uña. Hay momentos que nos recuerdan la importancia de detenernos y mirar al cielo.

Disfrutar del eclipse en familia fue uno de ellos: compartir la emoción, las miradas y ese instante irrepetible que quedará para siempre en nuestra memoria.

Como ocurre con un buen vino, no se trataba solo de contemplarlo, sino de saborearlo despacio, en buena compañía y siendo conscientes de que algunos momentos son únicos.

Porque la vida, igual que el vino, se disfruta más cuando se comparte. 🌘🍷✨🍀🍀

Toda mi vida pensé que la Tierra era redonda.Porque así me lo enseñaron.Hasta que ayer leía un titular de noticia que no...
29/07/2026

Toda mi vida pensé que la Tierra era redonda.
Porque así me lo enseñaron.
Hasta que ayer leía un titular de noticia que no, no es así, no es una esfera perfecta. Ni siquiera un cuerpo completamente regular. Es, simplificando mucho, un geoide: achatado, deformado y condicionado por la distribución de su propia masa, vamos una patata.

Y pensé que en enología ocurre exactamente lo mismo.
En la universidad necesitamos aprender que las cosas son “redondas”. Necesitamos modelos, fórmulas y reglas que nos permitan comprenderlas.
Que el oxígeno es enemigo del vino.
Que un mosto limpio fermenta mejor.
Que vendimiar pronto conserva la frescura.
Que más grado significa mayor madurez.
Que la madera aporta calidad.
Que una analítica puede decirnos cuándo vendimiar.
Que una determinada dosis funciona igual en todos los vinos.

Pero después llegas a una bodega, y descubres las irregularidades.

Descubres que una pequeña cantidad de oxígeno, aplicada en el momento adecuado, puede afinar un tanino; que cierta turbidez protege aromas y aporta nutrientes; que vendimiar demasiado pronto puede dar vinos ácidos, sí, pero también verdes, delgados y sin identidad.

Descubres que dos parcelas con el mismo grado probable pueden encontrarse en momentos fisiológicos completamente distintos. Que el pH, la acidez total, los polifenoles, la textura de las pieles, la lignificación de las pepitas y, sobre todo, el comportamiento de la planta cuentan una historia mucho más compleja que un solo número.

Y descubres algo todavía más incómodo:

Que lo técnicamente correcto no siempre es lo enológicamente acertado.

Porque el vino no es una esfera perfecta.
Es un sistema vivo, irregular y cambiante. Cada viñedo tiene su gravedad. Cada añada deforma las reglas. Cada depósito exige ser observado antes de decidir.

La universidad me enseñó a comprender los modelos.

Los años, los errores y miles de horas caminando viñedos me enseñaron a reconocer cuándo debo apartarme de ellos.

Quizá la experiencia consista precisamente en eso:

En dejar de buscar respuestas perfectamente redondas para una realidad que nunca lo ha sido.

La Tierra no es una esfera perfecta.

Y la enología, tampoco.

Sentadas en lo alto de la Pirámide de la Luna, nos da por pensar en cómo vivían los habitantes de esta ciudad en el sigl...
22/07/2026

Sentadas en lo alto de la Pirámide de la Luna, nos da por pensar en cómo vivían los habitantes de esta ciudad en el siglo I.
Cómo cultivaban.
Cómo conseguían agua.
Cómo alimentaban a una ciudad tan enorme.

Y, sobre todo, cómo algo que parecía tan poderoso pudo terminar desapareciendo.

No hay una única respuesta. Probablemente hubo sequías, presión sobre los recursos, malas cosechas, desigualdad y conflictos internos. Teotihuacán no cayó en un día. Fue perdiendo, poco a poco, la capacidad de sostenerse.

Y eso me hizo pensar en nuestros viñedos.

Porque los suelos tampoco se agotan de repente.

Primero pierden materia orgánica. Después dejan de infiltrar bien el agua. Se compactan. Desaparecen insectos, hongos y microorganismos. Las raíces se vuelven más superficiales.

Hasta que llega una sequía fuerte, una ola de calor o una lluvia torrencial y descubrimos que la viña ya no sabe defenderse sola.

Para mí, la viticultura regenerativa consiste precisamente en evitar llegar a ese punto.

No se trata de dejar flores entre las cepas para hacer una fotografía bonita.

Se trata de trabajar con cubiertas vegetales adaptadas y controlarlas antes de que compitan por el agua. De reducir el laboreo. De devolver materia orgánica al suelo. De aprovechar los restos de poda. De favorecer la biodiversidad y conseguir que cada litro de lluvia entre en la tierra en lugar de llevársela por delante.

Y también de medir.

Materia orgánica. Compactación. Infiltración. Actividad biológica. Profundidad de las raíces.

Porque regenerar no es hacer menos.

Es observar más.

Llevo años diciendo que el vino es un sistema vivo. Y los sistemas vivos pueden resistir muchísimo, pero no indefinidamente si solo extraemos de ellos y nunca devolvemos nada.

Teotihuacán construyó pirámides capaces de desafiar al tiempo, cuando paseas entre ella de verdad que impresionan. Pero ni siquiera aquella grandeza fue suficiente cuando empezó a fallar lo que la sostenía.

Quizá esa sea la verdadera lección.

Nuestro legado no serán únicamente los vinos que hayamos elaborado.

Será la tierra que dejemos cuando nosotros ya no estemos.

El otro día Iñaki y yo buscamos en Google cuánto vive un batracio.Porque Pepe, el sapo que habita el sótano subterráneo ...
14/07/2026

El otro día Iñaki y yo buscamos en Google cuánto vive un batracio.
Porque Pepe, el sapo que habita el sótano subterráneo de nuestra bodega desde hace más de cuatro años, sigue allí.
Entre las barricas. En la oscuridad. Acompañando en silencio a nuestros vinos mientras el tiempo hace su trabajo.
No sabemos cómo llegó ni por qué decidió quedarse. Pero su presencia nos emociona. Porque Pepe no es una mascota. Es la pequeña confirmación de que nuestra bodega también puede ser hogar, refugio y vida.
Para nosotros, ser ecológicos no consiste solo en tener una certificación.
Es una forma de pensar. Y, sobre todo, de actuar cuando nadie está mirando.
Es generar de manera autónoma toda la energía que consumimos mediante placas solares y almacenarla en baterías. Es reutilizar nuestras cajas una y otra vez. Es cuidar cada litro de agua como lo que realmente es: un bien precioso. Es intervenir lo mínimo, evitar el desperdicio y preguntarnos cada día si podemos hacerlo un poco mejor.
No porque quede bonito contarlo.
Sino porque creemos que elaborar vino también significa asumir la responsabilidad de cuidar la tierra que nos lo da todo.
Pepe no sabe de sellos ecológicos.
No entiende de premios, puntuaciones ni etiquetas.
Pero lleva más de cuatro años eligiendo nuestra bodega como su casa.
Y quizá eso sea lo más parecido a una certificación de verdad.
Queremos hacer buenos vinos, sí. Pero, por encima de todo, queremos que nuestro paso por este lugar deje una huella limpia. Que quienes lleguen después encuentren una tierra viva, agua, energía, refugio… y un mundo un poco mejor que el que nosotros encontramos.
Mientras tanto, Pepe sigue allí, entre las barricas.
Tal vez cuidando nuestros vinos.
O tal vez recordándonos, en silencio, que somos nosotros quienes debemos cuidar de todo lo demás.
Y tú, ¿sabes cuántos años vive un batracio?

Cuando la uva empieza a volverse translúcida, la viña nos está hablando en voz baja.Aún no ha pintado. Aún no ha enverad...
30/06/2026

Cuando la uva empieza a volverse translúcida, la viña nos está hablando en voz baja.

Aún no ha pintado. Aún no ha enverado.
Aún no ha cambiado de color.
Pero algo dentro de ella ya ha empezado a transformarse.

La piel se afina.
La baya se ablanda.
La luz la atraviesa.

Y ese instante, casi invisible para quien no mira con amor, es uno de los momentos más sagrados del viñedo.

Siempre se ha dicho que entre Santiago y Santa Ana pintan las uvas.

Pero este año parece que la viña viene con otro ritmo.
Quizás con más prisa.
Quizás con más ganas, ganas de empezar a enseñarnos su verdad ya por San Fermín.

Porque la viña no obedece al calendario.

Obedece al cielo.
A la tierra.
Al agua que tuvo.
Al calor que soportó.
A la memoria profunda de sus raíces.

Y nosotros, los que hacemos vino, solo podemos hacer una cosa: mirar.
Mirar de verdad.
Escuchar antes de intervenir.
Entender antes de decidir.

Porque el vino no empieza en bodega.

Empieza justo aquí, cuando la uva empieza a dejar pasar la luz.

Cuando era pequeña, mi madre hacía guardias larguísimas (o eso me parecía a mí). De esas que no terminaban cuando acaba ...
03/05/2026

Cuando era pequeña, mi madre hacía guardias larguísimas (o eso me parecía a mí).

De esas que no terminaban cuando acaba el horario.

De esas que le dejaban el cuerpo cansado, pero aun así llegaba a casa y seguía siendo madre.

Mi hermano y yo crecimos viendo eso.

Viendo trabajo.

Viendo esfuerzo.

Viendo a una mujer tirar hacia delante sin convertir el cansancio en excusa.

Y quizá por eso, desde bien jóvenes, también nos dejó hacer.

Nos dejó hacer la compra, ir y ve ir solos a la escuela y prepararnos la comida.

Equivocarnos con la sal.

Manchar la cocina.

Buscar soluciones.

Espabilar.

En su momento igual no lo entendíamos.

Hoy sí.

No nos estaba dejando solos.

Nos estaba enseñando a ser independientes.

A confiar en nosotros.

A entender que la vida no se resuelve esperando a que alguien venga a hacerlo por ti.

Y también nos enseñó algo que cada vez entiendo más:

Que lo importante en la vida no es solo llegar.

Es cómo llegas.

Es el camino.

Lo que aprendes.

Lo que superas.

Lo que construyes mientras avanzas.

Y ahora, cuando entro en bodega, cuando tomo decisiones, cuando una vendimia se complica, cuando toca trabajar sin mirar el reloj, me doy cuenta de que mucho de lo que soy como enóloga empezó allí.

En esas guardias eternas.

En esa cocina.

En esa forma silenciosa de educarnos.

Mi madre no me enseñó a hacer vino.

Me enseñó a trabajar.

A superarme.

A ser honesta.

A no rendirme a la primera.

Y a disfrutar del camino, incluso cuando cuesta.

Y con esos valores hago los vinos que hago hoy.

Felicidades, mamá.

Hay cosas que no se heredan.

Se aprenden mirando.

Y yo tuve la suerte de mirarte a ti. 🍷.
Feliz día de la Madre a tod@s.

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