Churreria La Data Plasencia

Churreria La Data Plasencia Churreria La Data Zona Norte de Plasencia
a 300m de Carrefour Plasencia
a 50m de Multicines Alcazar
a 100m del centro de salud zona norte Fundada en 1974

Hoy nos vamos de noche por la Plasencia de los años 80.Vamos a recordar uno de aquellos pubs que marcaron una época y qu...
07/09/2026



Hoy nos vamos de noche por la Plasencia de los años 80.

Vamos a recordar uno de aquellos pubs que marcaron una época y que todavía vive en la memoria de mucha gente: EL LAYRON’S.

Seguro que más de uno entró allí, tomó una copa, escuchó música o vivió alguna noche difícil de olvidar. Y quizá entre todos podamos completar la historia.

EL LAYRON’S PUB — PLASENCIA

Hubo un tiempo en Plasencia en que la noche tenía otros nombres.

Nombres que hoy, al pronunciarlos, hacen que a más de uno se le escape una sonrisa y se quede unos segundos mirando atrás.

Uno de aquellos nombres fue LAYRON’S PUB.

Estamos en los primeros años de la década de los 80.

Plasencia empezaba a descubrir una forma distinta de salir por la noche. Los bares de siempre continuaban llenando las calles, pero comenzaban a aparecer aquellos pubs con luces más tenues, música diferente, copas largas y una manera nueva de entender las madrugadas.

Y entre ellos estaba el Layron’s.

No hablamos únicamente de un nombre conservado por la memoria de quienes salían entonces. Existe un recuerdo escrito especialmente interesante: el escritor placentino Álvaro Valverde, hablando de aquellos primeros años ochenta, recordó una noche que terminó precisamente en el Layron’s.

Y lo definió con unas palabras que dicen muchísimo:

“Un pub de moda”.

Eso significa que el Layron’s no era simplemente un bar más.

Era uno de aquellos lugares a los que había que ir.

Uno de esos establecimientos cuyo nombre circulaba entre las pandillas:

—¿Dónde vamos después?

—Al Layron’s.

Y seguramente con aquella frase ya estaba decidido cómo iba a terminar la noche.

Podemos imaginar aquella Plasencia de los ochenta.

Calles mucho más tranquilas que las actuales.

Pandillas caminando de un local a otro.

Vaqueros, cazadoras, camisas abiertas, melenas, bigotes y aquellos peinados imposibles que hoy nos hacen sonreír cuando aparecen en una fotografía.

Dentro, humo de tabaco flotando bajo las luces.

El sonido de los hielos chocando dentro de los vasos.

Las conversaciones casi gritadas para poder escuchar al que tenías enfrente.

Y música.

Mucha música.

Porque aquellos pubs eran también pequeños templos musicales.

Sonaban canciones que hoy escuchamos y automáticamente nos transportan cuarenta años atrás.

Y mientras sonaba la música, algunos hablaban apoyados en la barra, otros buscaban una mesa y otros simplemente esperaban que apareciera aquella persona que llevaban toda la noche intentando encontrar.

El Layron’s debió formar parte de aquel pequeño mapa nocturno que los jóvenes placentinos conocían perfectamente.

Una ruta invisible que no aparecía en ningún plano de la ciudad, pero que todos sabían recorrer.

Un bar.

Después otro.

Y después…

el Layron’s.

Además, ha sobrevivido hasta nuestros días una pequeña pieza que confirma físicamente aquel establecimiento:

un antiguo posavasos de LAYRON’S PUB — PLASENCIA.

En él aparece una carabela, la Santa María.

Una pieza sencilla, de aquellas que entonces terminaban mojadas debajo de un vaso y que nadie pensaba guardar.

Pero qué curioso es el tiempo.

Aquello que entonces no valía prácticamente nada hoy puede convertirse en una pequeña cápsula de memoria.

Porque basta leer aquellas letras:

LAYRON’S PUB — PLASENCIA

para que alguien diga:

—¡Coño, claro que me acuerdo!

Y entonces empiezan a salir los recuerdos.

Quién estaba detrás de la barra.

Quién ponía la música.

Dónde estaba exactamente.

Con quién íbamos.

Qué bebíamos.

Quién se echó allí la primera novia.

Quién tuvo aquella discusión que todavía se recuerda cuarenta años después.

Y quién dijo aquello de:

—Una más y nos vamos.

Cuando todos sabemos que aquella nunca era la última.

Todavía quedan cosas importantes por descubrir del Layron’s.

Su dirección exacta.

Quiénes fueron sus propietarios.

Quién trabajaba detrás de aquella barra.

Si tuvo DJ habituales.

En qué año abrió.

Cuándo cerró.

Y qué establecimiento ocupó posteriormente aquel mismo local.

Pero hay algo que ya podemos afirmar.

El Layron’s formó parte de aquella Plasencia nocturna de los primeros años ochenta.

De una ciudad más pequeña donde casi todos terminaban encontrándose.

Cuando no existían móviles.

Cuando nadie mandaba un mensaje diciendo dónde estaba.

Si querías encontrar a los amigos…

tenías que salir a buscarlos.

Y probablemente alguien terminaba diciendo:

—Mira en el Layron’s, que seguro que están allí.

Hoy quizá ya no quede el ruido de aquella barra.

Ni el humo.

Ni aquellas canciones sonando de madrugada.

Pero mientras alguien recuerde haber cruzado su puerta…

el Layron’s seguirá abierto en algún rincón de la memoria de Plasencia.

Y ahora os toca a vosotros.

¿Quién estuvo en el Layron’s?

¿Dónde estaba exactamente?

¿Quién era el propietario?

¿Recordáis camareros, DJ, porteros o gente habitual?

¿Hasta qué año estuvo abierto?

¿Y qué local hubo después?

Entre todos podemos reconstruir una historia que todavía está escondida en los recuerdos de toda una generación.

! Hoy volvemos a aquellos años en los que la calle era nuestro patio de juegos y para pasarlo bien no hacía falta casi n...
06/09/2026

!
Hoy volvemos a aquellos años en los que la calle era nuestro patio de juegos y para pasarlo bien no hacía falta casi nada.

Uno de aquellos juegos era El B***o, un clásico de cuadrillas, carreras, saltos, empujones, risas y alguna que otra caída. Unos aguantaban abajo y otros saltaban encima, mientras todos intentaban que aquella montaña humana no acabara por los suelos.

Un juego sencillo, bruto a veces, pero inolvidable para quienes crecimos jugando en calles, patios y descampados.

¿Quién jugó alguna vez al B***o? ¿Y quién era siempre de los que terminaban abajo aguantando el peso de todos?

🐴 El juego de El B***o

El B***o fue uno de esos juegos de calle que marcaron la infancia de muchas generaciones. No hacía falta comprar nada: unos cuantos amigos, un poco de espacio y ganas de jugar. Se practicaba en plazas, patios de colegio, descampados y calles cuando todavía eran terreno de juego de los chavales.

Había distintas variantes según el barrio, pero una de las más conocidas consistía en formar un “b***o” humano. Varios jugadores se agachaban uno detrás de otro, sujetándose bien, mientras los miembros del equipo contrario corrían y saltaban para caer encima de sus espaldas.

La cosa parecía sencilla… hasta que empezaban a subir cuatro, cinco o seis muchachos.

—¡Aguanta, que voy!
—¡No te muevas!
—¡Échate más para adelante!
—¡Que me estás partiendo la espalda!

😂

El objetivo de los que estaban abajo era aguantar sin derrumbarse, mientras los de arriba intentaban colocarse sin tocar el suelo. Si el b***o se venía abajo antes de tiempo, dependiendo de las reglas que hubieran acordado, se repetía o cambiaban los equipos.

Aquello sí que era equilibrio

Había especialistas. Estaba el que saltaba desde tres metros y parecía que iba a participar en unas Olimpiadas… y luego caía encima del más pequeño.

También estaba el listo que decía:

—Yo me pongo delante.

Porque sabía perfectamente que el último del b***o se llevaba casi todos los golpes.

Y siempre había uno que, cuando veía venir al grandullón del grupo, empezaba a rezar:

—Ese encima de mí no… ese encima de mí no…

Y naturalmente… acababa encima de él.

Otra variante muy relacionada era el famoso “Churro, media manga, mangotero”, en el que, después de saltar sobre los compañeros, había que adivinar una posición señalada con la mano. Las reglas cambiaban muchísimo de una zona a otra y cada pandilla juraba que su manera de jugar era la auténtica.

Un juego que hoy nos parecería una barbaridad

Mirándolo ahora, aquello tenía poco de prevención de riesgos laborales.

Rodillas raspadas, algún golpe, pantalones llenos de polvo y de vez en cuando uno que llegaba a casa diciendo:

—Me he caído.

Sin explicar demasiado de qué montaña humana se había caído.

Pero al día siguiente allí estábamos otra vez.

Cuando la calle era nuestro parque

El B***o pertenece a una época en la que los niños inventábamos la diversión con prácticamente nada. No había móviles, consolas portátiles ni grupos de WhatsApp para quedar.

Bastaba con bajar a la calle.

Y si había cinco o seis amigos ya teníamos organizada la tarde: el b***o, las canicas, la peonza, las chapas, la rayuela, el escondite o el bote botero.

Quizá por eso aquellos juegos permanecen tanto en la memoria. Porque detrás del nombre de un juego aparecen inmediatamente una calle, un barrio, unos amigos y una edad que ya no vuelve.

Y ahora la pregunta para los que vivimos aquellos años:

¿Quién jugó al B***o… y quién era siempre el pobre que acababa abajo aguantando a todos? 😄

***o

Buenas noches, .Hoy vamos a abrir otra puerta de la memoria.Una de esas puertas pequeñas, casi olvidadas, que no llevan ...
06/09/2026

Buenas noches, .

Hoy vamos a abrir otra puerta de la memoria.

Una de esas puertas pequeñas, casi olvidadas, que no llevan a un palacio ni a una gran hazaña, sino a algo mucho más cercano: al sabor de la Plasencia de nuestros padres y abuelos.

GASEOSAS SAÑUDO
CUANDO PLASENCIA TENÍA SU PROPIO SABOR

Hubo un tiempo en que una gaseosa no llegaba desde una fábrica lejana.

Se hacía aquí.

En Plasencia.

En pleno corazón de la ciudad.

Muy cerca de la entrada de la calle del Sol, en la Plaza Mayor, estuvo el establecimiento de Benigno Sañudo.

Un ultramarinos.

Y también una fábrica de gaseosas.

Hoy puede parecer poca cosa.

Pero entonces aquello era todo un mundo.

Imaginad la Plaza Mayor de aquellos años.

Las tiendas abriendo por la mañana.

El ruido de las persianas.

Los carros.

Las voces.

Los vecinos saludándose bajo los soportales.

El olor de los ultramarinos.

Las puertas de madera.

Las cajas entrando y saliendo.

Y entre todo aquel movimiento, el negocio de Sañudo.

Dentro, seguramente, el sonido del vidrio.

Botellas que se llenaban.

Botellas que se cerraban.

Botellas que después terminarían en alguna casa, en un bar o sobre una mesa familiar.

Porque aquellas botellas tenían muchas vidas.

No se tiraban.

Se devolvían.

Volvían vacías.

Se lavaban.

Se rellenaban.

Y regresaban otra vez a las calles de Plasencia.

Cuántas comidas de domingo no habrán tenido una gaseosa Sañudo sobre la mesa.

Cuántos vasos de vino no se habrán rebajado con ella.

Cuántos niños habrán mirado aquellas botellas con ganas de probar un trago.

Y cuántos bares habrán escuchado alguna vez una frase tan sencilla como:

“Ponme una gaseosa.”

Nada más.

No hacía falta decir mucho.

La vida era así.

Más sencilla.

Más cercana.

Más nuestra.

La memoria popular todavía recuerda aquella Gaseosa Sañudo fabricada en Plasencia.

Y eso tiene algo especial.

Porque ya no estamos hablando solamente de un apellido escrito en un comercio.

Estamos hablando de una marca que, durante un tiempo, formó parte de la ciudad.

De un nombre que estuvo en las mesas.

En las barras.

En las cajas.

En las manos de quienes repartían.

Y seguramente también en los recuerdos de muchas familias.

Tenemos incluso una imagen antigua del entorno de la calle del Sol, una postal escrita en 1942, que nos permite mirar casi de frente aquella Plasencia.

La misma plaza.

Las mismas fachadas.

Los mismos soportales.

Y, en algún punto de aquel escenario, la vida cotidiana de Benigno Sañudo y su fábrica de gaseosas.

También aparecen personas con el apellido Sañudo en la documentación gráfica de la ciudad de aquellos años.

Nombres como Miguel Sañudo y Ángel Sañudo aparecen relacionados con una rondalla placentina del Carnaval de 1932.

Todavía no podemos afirmar qué parentesco tuvieron con Benigno.

Pero cada nombre es otra pieza.

Otro hilo del que tirar.

Otra posibilidad de reconstruir una familia que dejó su pequeña huella en Plasencia.

Y todavía nos falta algo.

Quizá lo más bonito.

La botella.

Esa botella de cristal donde pudiera leerse claramente:

SAÑUDO — PLASENCIA

Puede que exista.

Puede que siga guardada en una bodega.

En una casa antigua.

En el fondo de un desván.

Entre herramientas viejas.

En alguna caja que nadie abre desde hace décadas.

Tal vez alguien la tiene delante todos los días y ni siquiera sabe la historia que lleva dentro.

Y es que a veces la historia no aparece en los grandes archivos.

A veces está cubierta de polvo.

Esperando.

En una estantería.

En una caja.

En una botella olvidada.

Por eso hoy no quiero terminar esta historia con un punto final.

Quiero terminarla con una pregunta.

¿Quién recuerda Gaseosas Sañudo?

¿Quién vio alguna vez una de sus botellas?

¿Quién conoció a la familia?

¿Quién recuerda el ultramarinos de la Plaza Mayor?

¿Quién tiene una fotografía, una caja, un sifón, una etiqueta o cualquier objeto relacionado con ellos?

Porque quizá entre todos podamos encontrar esa pieza que falta.

Y cuando aparezca, no será solo una botella vieja.

Será un pedazo de Plasencia.

Un pedazo de aquellas calles.

De aquellas tiendas.

De aquellas familias.

De aquella manera de vivir.

Porque las ciudades también se recuerdan por sus sabores.

Y durante un tiempo, Plasencia tuvo uno que llevaba escrito un apellido:

SAÑUDO.

Mientras alguien pronuncie ese nombre y diga:

“Yo me acuerdo…”

aquella gaseosa seguirá haciendo burbujas en nuestra memoria.

LOS MAESTROS DE ANTES… Y POR QUÉ ME TENÍAN MANÍA TODOSYo no sé qué pasaba conmigo en el colegio, pero había una cosa cla...
05/09/2026

LOS MAESTROS DE ANTES… Y POR QUÉ ME TENÍAN MANÍA TODOS

Yo no sé qué pasaba conmigo en el colegio, pero había una cosa clarísima: los maestros me tenían manía !

Todos.

No uno.

No dos.

¡Todos!

Y claro, yo llegaba a casa indignadísimo:

—Mamá, el maestro me tiene manía.

Mi madre me miraba y decía:

—¿Todos?

—Todos.

Y ella, con la sabiduría de una madre de aquellos años:

—Pues algo harás tú, hijo.

¡Qué poca solidaridad había en casa!

Antes tú llegabas diciendo que el maestro te había castigado y, en vez de preguntarte qué te había hecho el maestro, te preguntaban:

—¿Y tú qué has hecho?

Porque nuestros padres daban por hecho que, si el maestro te había castigado, por algo sería.

Y en mi caso… bueno…

Alguna razón tendría.

Los maestros de antes eran distintos.

Entraban en clase y se hacía un silencio que ahora necesitaría un equipo antidisturbios conseguir.

El hombre solamente tenía que mirar por encima de las gafas.

No decía nada.

Te miraba.

Y tú empezabas automáticamente a repasar mentalmente todos los delitos cometidos desde que habías salido de casa.

“¿Habrá visto lo del tirachinas?
¿Sabrá lo del cristal?
¿Se habrá enterado de lo del recreo?
¿Quién habrá hablado?”

Porque antes en el colegio había compañeros, pero también había informadores.

Siempre había uno que decía:

—Señor maestro… Paco ha sido.

¡Ese niño ahora trabajaría para los servicios secretos!

Yo tenía una facilidad especial para estar siempre en el sitio equivocado, en el momento equivocado… normalmente haciendo exactamente lo que no se podía hacer.

Si había que estar callado, yo hablaba.

Si había que estar sentado, yo estaba de pie.

Si había que copiar la lección, yo estaba mirando por la ventana.

Y si el maestro preguntaba:

—¿Quién ha sido?

Por alguna extraña razón, toda la clase giraba la cabeza hacia mí.

¡Pero bueno!

¡Que investigue usted!

¡Que haya un juicio!

¡Que se presenten pruebas!

Nada.

Sentencia directa:

—Paco, sal a la pizarra.

Yo creo que alguna vez me castigaron simplemente por antecedentes.

No había pasado nada todavía, pero el maestro pensaba:

“Este algo estará tramando.”

Era como la prisión preventiva.

Además, los maestros de antes tenían unas frases que te dejaban marcado.

—Espinosa, usted no llegará a nada.

Pues mire usted… aquí estamos.

No sé exactamente dónde hemos llegado, pero llegar, hemos llegado.

Otra clásica:

—Como siga usted así, acabará mal.

Aquello parecía menos una clase de Matemáticas y más una profecía bíblica.

Y luego estaban los castigos.

De pie.

Al rincón.

Copiando cien veces una frase.

“NO HABLARÉ EN CLASE.”

Y tú escribías:

No hablaré en clase.
No hablaré en clase.
No hablaré en clase.

Cincuenta veces después ya estabas negociando contigo mismo:

“Bueno, hablar hablar… tampoco he hablado tanto.”

También estaba aquello de salir a la pizarra.

El maestro te preguntaba algo que tú no sabías ni que existía.

—A ver, dígame los afluentes del Tajo.

Y tú delante de toda la clase:

—Pues…

Silencio.

—¿No lo sabe?

—Ahora mismo no me viene.

¡Como si estuvieras esperando inspiración divina!

Y desde atrás siempre aparecía un listo susurrando la respuesta.

Pero tan bajito que tú entendías otra cosa.

—¿El Alberche?

Y tú:

—¡El albergue!

—¿El qué?

—Nada, señor maestro.

Otra vez castigado.

Yo siempre decía que me tenían manía, pero reconozco que tampoco se lo puse fácil.

Porque había niños tranquilos.

Niños que entraban, se sentaban, sacaban el cuaderno y atendían.

Yo miraba a esos niños y pensaba:

“¿Pero este qué hace?”

A mí me parecía sospechoso.

Durante el recreo ya era otra historia.

Ahí desaparecía el estudiante y aparecía el especialista en operaciones especiales.

Carreras.

Balonazos.

Empujones.

Alguna pelea.

Alguna trastada.

Y justo cuando estabas haciendo algo que no debías…

aparecía el maestro.

¿Pero dónde estaba escondido ese hombre?

¡Tenían radar!

Podías tener a doscientos niños corriendo por el patio y el maestro detectaba exactamente al que estaba haciendo una barbaridad.

Y ese era yo.

—¡Paco!

Cuando escuchabas tu nombre a veinte metros sabías que tu futuro inmediato se había complicado bastante.

Luego estaba aquello maravilloso de que un maestro conocía a tus padres.

Eso sí que era peligroso.

Porque te decía:

—Ya hablaré yo con tu padre.

Y ahí empezaba el verdadero castigo.

Tú salías del colegio pensando:

“Como llegue antes que yo a casa, estoy muerto.”

Y durante todo el camino elaborabas una defensa jurídica extraordinaria.

“Mamá, te voy a explicar…”

Pero tu madre ya lo sabía.

¿Cómo?

No había móviles.

No había WhatsApp.

No había grupos de padres.

Pero las noticias malas viajaban más rápido que internet.

Ahora, con los años, recuerdo a aquellos maestros de otra manera.

Algunos eran duros.

Demasiado duros incluso.

Eran otros tiempos, otras formas de enseñar y otra manera de entender la disciplina.

Pero también había maestros que se preocupaban de verdad porque aprendieras.

Que insistían.

Que te repetían las cosas.

Que intentaban meter algo de conocimiento en nuestras cabezas mientras nosotros teníamos la mente puesta en salir a la calle.

Y hoy comprendo una cosa:

igual no me tenían tanta manía.

Igual es que yo era un poquito…

¿Cómo decirlo elegantemente?

Tocapelotas.

Porque si todos los maestros me tenían manía…

todos los años…

en todas las clases…

con distintos profesores…

quizás había un elemento común en aquella investigación.

Y el elemento común…

era yo.

Pero qué buenos recuerdos.

Porque también aquellos maestros forman parte de nuestra infancia.

De las pizarras llenas de tiza.

Del borrador volando.

De los pupitres.

De los cuadernos.

De los recreos.

De los amigos.

De las trastadas.

Y de aquella frase que muchos repetimos durante años:

—¡A mí el maestro me tiene manía!

Sí.

Claro.

Todos nos tenían manía.

Qué casualidad.

Hay recuerdos de cuando éramos chavales que, por muchos años que pasen, todavía te hacen sonreír… y otros que, cuando lo...
05/09/2026

Hay recuerdos de cuando éramos chavales que, por muchos años que pasen, todavía te hacen sonreír… y otros que, cuando los piensas ahora, te hacen preguntarte:

—¿Pero cómo c**o salimos vivos de aquello? 😂

Yo tendría entre diez y quince años, más o menos. Éramos unos críos, pero nos creíamos capaces de todo.

No había móviles, ni consolas, ni falta que nos hacían para buscar aventuras. Nos bastaba juntarnos unos cuantos amigos y echar a andar.

Y si aparecía un sitio donde parecía imposible subir, entrar o pasar…

¡Pues allí que íbamos nosotros!

Una de aquellas veces nos fuimos a Pornidos.

Entre nosotros venía uno que era como el novato de la pandilla y, claro, al novato muchas veces le tocaba pagar la novatada.

Vimos una casa con su tejado de tejas y le dijimos que allí arriba había un nido.

—¡Sube, que está encima del tejado!

Y el pobre se lo creyó.

Entre todos le ayudamos a subir y, una vez arriba, le decíamos que buscara entre las tejas.

Hasta que levantó una…

¡Y allí no había ningún nido!

¡HABÍA UN AVISPERO!

Empezaron a salir avispas de debajo de la teja y le dieron por todos lados.

Cuando conseguimos bajarlo, la cara se le empezó a hinchar de una manera tremenda.

Parecía Kiko, el del Chavo del Ocho.

¡Qué digo Kiko!

¡PEOR QUE KIKO! 😂😂😂

Cuando lo llevamos a su casa, su madre casi ni lo reconocía.

Pero aquella no fue la única.

Otro día nos fuimos a por nidos de paloma por Torre Lucía.

Nos llevamos una cuerda de esparto y conseguimos subir por toda Torre Lucía. También nos metimos en unas casas que había detrás, por la parte del colegio Alfonso VIII.

Allí pasamos la jornada buscando y cogiendo nidos de paloma.

Hasta que llegó la hora de bajar.

Y si habíamos subido con aquella cuerda de esparto, con aquella misma cuerda había que bajar.

Empezamos a descender haciendo nuestro particular rápel.

¡Rápel, dice! 😂

Aquello era una cuerda de esparto, nuestras manos y poco más.

Cuando me tocó bajar, casi nada más empezar a deslizarme noté cómo la cuerda comenzaba a calentarme la mano.

Cada vez más.

Hasta que aquello empezó a quemar de verdad.

No pude aguantar.

¡SOLTÉ LA CUERDA!

Y estaba prácticamente empezando a bajar.

La hostia que di fue…

¡MORROCOTUDA!

Pero todavía hubo aventuras peores.

También estuvimos en el Puente de la Vía.

Y allí hicimos una de esas cosas que hoy recuerdo y se me ponen los pelos de punta.

Nos metimos por debajo del puente.

¡SIN CUERDAS!

Entramos por lo que nosotros llamábamos el ojo del puente y nos movimos por allí abajo, con aquella altura debajo de nosotros y sin ninguna protección.

Nada.

Ni cuerda.

Ni arnés.

Ni casco.

Ni siquiera éramos realmente conscientes de lo que podía pasar.

Un mal paso, un resbalón, una piedra que cediera…

Y nos podíamos haber matado.

Así de sencillo.

Cuando eres un crío no ves la altura igual que la ves cuando pasan los años. Entonces aquello era otra aventura, otro lugar prohibido donde había que conseguir entrar.

Hoy miro un sitio así y pienso:

—¡Pero si estábamos locos!

Y quizá eso sea lo que más impresiona cuando recuerdas aquella infancia.

No es solamente recordar las trastadas.

Es darte cuenta de la suerte que tuvimos.

Porque nosotros no teníamos material de escalada, protecciones ni teléfonos para pedir ayuda.

Teníamos entre diez y quince años.

Una cuerda de esparto cuando había cuerda…

Unos cuantos amigos…

Y una inconsciencia que no nos cabía en el cuerpo.

Pornidos.

Los nidos.

Las avispas.

Torre Lucía.

Las casas detrás del Alfonso VIII.

La cuerda de esparto.

Aquella caída morrocotuda.

Y el Puente de la Vía, andando por debajo y sin una triste cuerda que pudiera salvarnos.

Entonces eran nuestras aventuras.

Hoy son nuestros recuerdos.

Y ahora, tantos años después, uno piensa en todo aquello y llega siempre a la misma conclusión:

—¡Madre mía… cómo c**o seguimos aquí después de las cosas que hacíamos! 😂

, hoy toca recordar una de esas máquinas que no necesitaban ser grandes para hacernos sentir los dueños del mundo. El Ve...
05/09/2026

, hoy toca recordar una de esas máquinas que no necesitaban ser grandes para hacernos sentir los dueños del mundo. El Vespino fue mucho más que un ciclomotor: para toda una generación significó juventud, independencia, amigos y kilómetros de recuerdos.

🛵 EL VESPINO GL, SONIDO DE TODA UNA ÉPOCA

Hubo un tiempo en que escuchar a lo lejos aquel característico “prrrr… prrrr…” era suficiente para saber que alguien venía montado en un Vespino.

Fabricado en España por Moto Vespa, S.A., el Vespino se convirtió desde finales de los años 60 y durante las décadas siguientes en uno de los ciclomotores más populares de nuestro país. Y entre sus diferentes versiones apareció el Vespino GL, con esa estampa que hoy resulta imposible mirar sin que aparezcan recuerdos.

Motor pequeño, ruedas estrechas, pedales, depósito integrado, asiento largo y una mecánica relativamente sencilla. No necesitaba mucho más.

Porque aquello no era cuestión de potencia.

Era cuestión de libertad.

Para muchos jóvenes, tener un Vespino era lo más parecido a tener un coche. Permitía dejar atrás la bicicleta, moverse por la ciudad, acercarse hasta el barrio de los amigos, ir al instituto, al trabajo, al campo o simplemente dar vueltas sin ningún destino concreto.

Y en una ciudad como Plasencia, cualquiera puede imaginar aquellos Vespinos recorriendo sus calles.

Por La Data, San Miguel, Miralvalle, el centro, la Puerta del Sol, la Plaza Mayor, camino de la Isla, subiendo hacia el Puerto o buscando cualquier carretera donde estirar un poquito más el acelerador.

Entonces tampoco hacían falta grandes planes.

—¿Dónde vamos?

—Por ahí.

Y “por ahí” podía convertirse en toda una tarde.

También estaban las pequeñas averías. La bujía que se ensuciaba, el carburador que daba guerra, el cable que se aflojaba… y siempre aparecía algún amigo que aseguraba saber perfectamente lo que ocurría.

—Eso es del carburador.

Aunque muchas veces no tenía ni idea.

😂😂

Pero se desmontaba, se limpiaba, se soplaba por aquí, se apretaba por allá… y milagrosamente aquello volvía a arrancar.

Y qué satisfacción cuando arrancaba.

También estaban los Vespinos modificados.

Un escape diferente.

Un espejo cambiado.

Alguna pegatina.

El asiento personalizado.

Y, por supuesto, siempre había quien aseguraba:

—El mío corre más.

Luego llegaba una cuesta y se acababa rápidamente la discusión. 😂

Pero el verdadero valor del Vespino nunca estuvo en la velocidad.

Estuvo en todo lo que ocurrió encima de él.

Los primeros paseos.

Los primeros trabajos.

Las escapadas con los amigos.

Las tardes interminables.

Los recados de casa.

Aquella muchacha o aquel muchacho que esperaban en otra calle.

Los bocadillos metidos donde se podía y una excursión improvisada fuera de la ciudad.

Y también aquel momento inolvidable en que alguien te decía:

—¿Me dejas una vuelta?

Y comenzaba la negociación más seria de nuestra adolescencia.

Hoy vemos uno restaurado y posiblemente nos parezca pequeño, sencillo e incluso rudimentario.

Pero quienes vivieron aquella época saben que un Vespino podía contener un mundo entero.

Porque seguramente la juventud no necesitaba tantas cosas.

Un poco de gasolina.

Cuatro amigos.

Una carretera.

Y toda la tarde por delante.

Quizás por eso el Vespino sigue despertando tanta nostalgia.

No recordamos solamente una máquina.

Recordamos quiénes éramos cuando la conducíamos.

Y mientras quede alguno de aquellos Vespinos recorriendo una carretera o guardado cuidadosamente en un garaje, seguirá sobreviviendo un pedacito de aquella España en la que para sentirse libre bastaban dos ruedas, un pequeño motor y unas ganas enormes de vivir.

¿Quién tuvo un Vespino?
¿Y quién recuerda todavía el primero que hubo entre la pandilla? 🛵❤️

, hoy vamos a recordar una de esas aventuras que muchos vivimos de chavales y que ahora parecen de otro mundo: ir a por ...
05/09/2026

, hoy vamos a recordar una de esas aventuras que muchos vivimos de chavales y que ahora parecen de otro mundo: ir a por nidos.

Nos echábamos al campo, mirábamos cada árbol, cada pared y cada tejado como auténticos exploradores. No había móviles ni prisas, solo curiosidad, amigos y muchas ganas de aventura.

¿Quién de vosotros también se fue alguna vez a buscar nidos? Seguro que más de uno tiene una buena historia que contar…

DE CHAVALES, IR A POR NIDOS

Los que fuimos niños en la Plasencia de hace unas cuantas décadas sabemos perfectamente lo que significaba decir:

—¿Nos vamos a buscar nidos?

Y ya estaba liada.

No hacía falta mucho más. Un bocadillo, unas zapatillas que acabarían llenas de polvo y ganas de andar campo adelante.

Nos metíamos por caminos, huertas, paredes de piedra, zarzales, olivares y cualquier sitio donde sospecháramos que podía haber un nido.

Mirábamos los árboles desde abajo como si fuéramos exploradores.

—¡Mira allí arriba!

Y todos con el cuello doblado intentando descubrir entre las ramas aquella pequeña construcción de hierbas, barro, lana y ramitas.

Había que trepar.

Y siempre estaba el más valiente —o el más inconsciente— que empezaba a subir mientras los demás vigilábamos desde abajo.

—¡Ten cuidado, que esa rama está seca!

Pero él seguía.

Cuando llegaba arriba venía la pregunta:

—¿Tiene huevos?

Y desde las alturas:

—¡Sííí!

Aquello era como descubrir un tesoro.

También buscábamos nidos en paredes viejas, tejados, agujeros, pajares, taludes y rincones donde veíamos entrar y salir pájaros.

Íbamos aprendiendo a reconocerlos casi sin darnos cuenta.

Sabíamos que si un pájaro entraba varias veces por el mismo sitio, allí había algo.

Nos escondíamos y esperábamos.

Éramos pacientes cuando queríamos.

Algunos cogían algún huevo, otros querían criar algún pajarillo y otros simplemente mirábamos el nido y seguíamos nuestro camino.

Entonces nadie hablaba de educación ambiental ni teníamos la conciencia que existe hoy sobre la protección de las aves.

Eran otros tiempos y otra manera de entender el campo.

Hoy sabemos que lo mejor es no tocar los nidos, no coger huevos ni polluelos y dejar que la naturaleza siga su curso.

Pero aquel recuerdo pertenece a nuestra infancia.

A una infancia en la que el campo era nuestro parque de aventuras.

Volvíamos a casa con las rodillas arañadas por las zarzas, las manos negras, algún pantalón roto y una historia enorme que contar.

—¡Hemos encontrado un nido con cuatro huevos!

Y aquello parecía la noticia del año.

No había móviles.

No había videojuegos en el bolsillo.

Nuestra pantalla era el campo.

Nuestros documentales eran los pájaros.

Y nuestras aventuras estaban detrás de cualquier pared de piedra, en cualquier encina, olivo o árbol donde viéramos revolotear un gorrión.

Éramos chavales.

Curiosos.

Brutos algunas veces.

Aventureros casi siempre.

Y aunque hoy muchas de aquellas cosas no las haríamos, forman parte de los recuerdos de una generación que aprendió buena parte de lo que sabía andando por caminos, saltando paredes y mirando hacia las ramas de los árboles.

Porque antes, cuando desaparecíamos durante horas, nuestras madres no podían mandarnos un WhatsApp.

Simplemente esperaban escuchar desde lejos:

—¡Mamááá, ya estoy aquí!

Y seguramente llegábamos tarde.

Pero llegábamos con otra aventura guardada para siempre en la memoria.

PakoRock Tnt

Dirección

Calle Batalla De San Quintín
Plasencia
10600

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Martes 06:00 - 10:00
Miércoles 06:00 - 10:00
Jueves 06:00 - 10:00
Viernes 06:00 - 10:00
Sábado 06:00 - 10:30
Domingo 06:00 - 11:00

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