Churreria La Data Plasencia

Churreria La Data Plasencia Churreria La Data Zona Norte de Plasencia
a 300m de Carrefour Plasencia
a 50m de Multicines Alcazar
a 100m del centro de salud zona norte Fundada en 1974

La Pista Jardín El Nido: cuando Plasencia bailaba al frescoHubo un tiempo en Plasencia en el que las noches de verano no...
20/06/2026

La Pista Jardín El Nido: cuando Plasencia bailaba al fresco

Hubo un tiempo en Plasencia en el que las noches de verano no necesitaban grandes escenarios, ni focos modernos, ni carteles luminosos para ser especiales. Bastaba con una pista al aire libre, unas mesas de terraza, música sonando de fondo y gente con ganas de encontrarse.

En el Parque de la Coronación, junto a la Avenida Virgen del Puerto, estaba la Pista Jardín El Nido, uno de esos lugares que muchos placentinos recuerdan no solo por lo que era, sino por lo que se vivía allí.

No era simplemente un bar. No era solamente una terraza. El Nido era un punto de reunión, un rincón de verano, un sitio donde la ciudad se aflojaba la camisa, se sentaba al fresco y dejaba que la noche pasara despacio.

En los años 60, cuando Plasencia todavía tenía ese aire de ciudad tranquila, con calles donde todos se conocían y los paseos eran casi una costumbre sagrada, El Nido ya formaba parte del paisaje sentimental de muchos vecinos. Allí se iba a tomar algo, a escuchar música, a mirar quién llegaba, a saludar, a dejarse ver y, sobre todo, a disfrutar de esas noches en las que parecía que el tiempo caminaba más despacio.

La gente llegaba arreglada, como se salía antes. Los hombres con camisa limpia, las mujeres con vestidos de verano, los jóvenes con esa mezcla de vergüenza y descaro de quien va buscando una mirada, una sonrisa o un baile. Porque en lugares como El Nido también se escribieron muchas historias pequeñas: primeros amores, amistades de toda la vida, noviazgos que empezaban con una canción y familias que se reunían alrededor de una mesa.

En los años 70, la pista seguía teniendo ese sabor popular que tanto se echa de menos. Había música, ambiente, conversaciones cruzadas, niños correteando cerca y mayores sentados viendo pasar la vida con un vaso en la mano. No hacía falta mucho más. Una canción conocida podía llenar la noche. Una verbena podía convertirse en el acontecimiento del verano. Un baile podía quedarse guardado para siempre en la memoria de alguien.

El Parque de la Coronación era entonces mucho más que una zona verde. Era un lugar de encuentro. Allí se cruzaban familias, soldados, pandillas, parejas, vecinos de toda la vida y gente que venía de otros barrios. En aquel entorno, El Nido tenía algo especial: era como una prolongación natural del parque, un refugio donde sentarse bajo la sombra, respirar el aire de la noche y sentirse parte de la ciudad.

Y llegaron los años 80, con otros ritmos, otras modas, otras músicas y otra manera de vivir. Plasencia empezaba a cambiar, como cambiaban todas las ciudades. Pero El Nido seguía ahí, resistiendo como esos lugares que parecen hechos para guardar recuerdos. Quizá ya no era exactamente el mismo de antes, porque ningún sitio permanece igual para siempre, pero conservaba algo reconocible: su carácter de punto de encuentro, de terraza familiar, de sitio para celebraciones, de rincón donde todavía se podía escuchar el murmullo de la gente mezclado con el ruido de las sillas, los vasos y las conversaciones.

En El Nido hubo bailes, verbenas, celebraciones, bodas, comuniones, bautizos y tardes de esas que no salen en los libros de historia, pero que forman parte de la verdadera historia de un pueblo. Porque la historia de una ciudad no está solo en sus murallas, sus catedrales o sus plazas principales. También está en sus bares, en sus terrazas, en sus pistas de baile, en sus parques y en esos lugares donde la gente fue feliz sin darse demasiada cuenta.

Puede que muchos no recuerden fechas exactas. Puede que no sepan decir qué año fue aquel baile, aquella actuación, aquella fiesta o aquella noche concreta. Pero sí recuerdan la sensación. El sonido de la música. El fresco del parque. Las luces. Las mesas ocupadas. Las risas. Los saludos. Los niños jugando. Los mayores hablando de sus cosas. Los jóvenes mirando de reojo a quien les gustaba. Ese ambiente que no se puede medir en documentos, pero que queda guardado en la memoria colectiva.

Con el paso de los años, El Nido fue cambiando. Como cambió Plasencia. Como cambiamos todos. Lo que un día fue pista de verano y lugar de encuentro acabó entrando también en asuntos de papeles, concesiones, suelo público y decisiones administrativas. Pero antes de todo eso, antes de los expedientes y las discusiones, estuvo la vida.

Y eso es lo importante.

Porque El Nido no fue solo un local en el Parque de la Coronación. Fue una parte de la Plasencia que salía al fresco en verano. De la Plasencia que bailaba sin prisas. De la Plasencia de las familias reunidas, de las pandillas, de los novios, de los niños corriendo y de los mayores mirando la noche como si todavía quedara mucho por vivir.

Hoy, cuando se habla de la Pista Jardín El Nido, no se habla únicamente de un espacio físico. Se habla de una época. De una manera de vivir. De esos años 60, 70 y 80 en los que los recuerdos se fabricaban con muy poco: una mesa, una canción, una terraza, un parque y buena compañía.

Y quizá por eso todavía duele un poco cuando desaparecen lugares así. Porque no se va solo una instalación. Se va un trozo de memoria. Se va una parte de la ciudad que muchos llevaron dentro sin saberlo.

La Pista Jardín El Nido fue eso:
un rincón sencillo, popular y querido, donde Plasencia se sentaba al fresco, bailaba, celebraba y vivía.

Y aunque el tiempo pase, aunque cambien los nombres, los negocios y las calles, hay lugares que no terminan de irse nunca.

Porque siguen vivos en la memoria de quienes alguna vez fueron felices allí.

Las pistas de verano de Plasencia fueron mucho más que lugares para bailar. Fueron escenarios de juventud, de primeros amores, de noches templadas y de canciones que todavía hoy despiertan recuerdos.

Allí, bajo las luces de verano, la ciudad se reunía sin prisas. Los mayores tomaban el fresco, los niños correteaban entre las mesas y los jóvenes esperaban el momento justo para sacar a bailar a quien les hacía perder el sueño.

La Pista Jardín El Nido y otras pistas de aquel tiempo forman parte de esa memoria placentina que no aparece siempre en los libros, pero sí en la voz de quienes la vivieron. Eran noches de música, de charla, de nervios, de sonrisas y de vida sencilla.

Porque antes, para ser feliz una noche de verano, bastaba con una canción, una mesa al aire libre y la esperanza de encontrarte con alguien especial.
Os acordáis de alguna pista mas ?

Más de las cosinas que jagu .💚🤍🖤La EncinaVieja encina del camino,madre quieta de la sierra,con las raíces clavadasen la ...
19/06/2026

Más de las cosinas que jagu .💚🤍🖤

La Encina

Vieja encina del camino,
madre quieta de la sierra,
con las raíces clavadas
en la memoria de la tierra.

Has visto pasar los años
sin pedir nunca homenaje,
aguantando sol y escarcha
con dignidad y coraje.

Bajo tu sombra cansada
descansó más de un jornalero,
y algún abuelo en silencio
habló contigo del tiempo.

Tus ramas son como brazos
abiertos sobre el paisaje,
refugio de tantas vidas
que encontraron tu cobijo amable.

En tus hojas vive el viento,
en tu tronco vive el barro,
y en cada grieta escondida
duerme el polvo de los campos.

Eres sangre de Extremadura,
corazón duro y eterno,
la fuerza de quien resiste
aunque le azote el invierno.

Ni el fuego pudo contigo,
ni la sequía más larga,
porque naciste del monte
con alma vieja y sagrada.

Y mientras quede una encina
mirando al cielo despacio,
quedará un pueblo orgulloso
defendiendo sus pedazos.

Encina de sombra noble,
guardiana del horizonte,
que nunca falte tu silueta
dibujada sobre el monte.

Historia de la Plaza de Toros de PlasenciaEl Coso de las GolondrinasLa Plaza de Toros de Plasencia, conocida popularment...
19/06/2026

Historia de la Plaza de Toros de Plasencia
El Coso de las Golondrinas

La Plaza de Toros de Plasencia, conocida popularmente como el Coso de las Golondrinas, es uno de esos lugares que forman parte de la memoria sentimental e histórica de la ciudad. Hoy la vemos integrada en el casco urbano, en la zona del barrio del Pilar, pero cuando se levantó estaba situada en las afueras, al norte de Plasencia.

Su historia comienza en 1882, cuando una sociedad privada impulsó la construcción de la plaza mediante acciones de 25 pesetas. Fue inaugurada el 18 de junio de 1882, con toros de la ganadería Trespalacios, de la zona de Trujillo, y con dos figuras importantes del toreo de la época: Frascuelo y Cara-Ancha.

Aquella primera plaza no era como la actual. Tenía buena parte de sus gradas y tendidos construidos en madera, algo habitual en muchas plazas de la época, pero también muy vulnerable. Años después sufrió un grave incendio que destruyó gran parte de la estructura original. Según distintas referencias históricas, ese incendio se sitúa entre 1884 y 1894, aunque la fecha más repetida en documentación patrimonial suele ser 1894.

Tras aquel incendio, la plaza fue reconstruida con una imagen mucho más sólida. El proyecto estuvo ligado al arquitecto municipal Vicente Paredes, una figura fundamental en la arquitectura placentina. La nueva construcción se realizó con materiales más resistentes: granito, mampostería, ladrillo y piedra, dejando atrás la fragilidad de la madera.

La plaza fue reinaugurada en 1896. Desde entonces quedó como uno de los edificios más reconocibles de la ciudad. Su exterior, sobrio y fuerte, tiene ese aire de construcción antigua, seria y resistente. Sus muros, sus contrafuertes y su forma circular le dan una presencia muy característica dentro de Plasencia.

Durante décadas, la plaza fue escenario de los grandes festejos taurinos de la ciudad, especialmente durante la Feria de junio y el Martes Mayor. Por sus tendidos pasaron generaciones de placentinos, tardes de calor, pañuelos, música, cuadrillas, vendedores, aplausos y silencios.

El nombre de Coso de las Golondrinas nació de manera popular. Se dice que fue utilizado por periodistas taurinos de la radio local en los años 80, debido a las golondrinas que anidaban en los tejadillos de los palcos. El nombre quedó tan unido al lugar que hoy resulta casi imposible hablar de la plaza sin recordarlo.

Pero la historia de la Plaza de Toros de Plasencia no tiene solo una cara festiva. Durante la Guerra Civil y la posguerra inmediata, también fue utilizada como lugar de reclusión y campo de concentración franquista. Es una parte dura de su pasado, pero forma parte de la memoria histórica del edificio y de la ciudad.

Con el paso del tiempo, la plaza también se ha utilizado para otros actos: conciertos, espectáculos musicales, eventos culturales y actividades populares. Así, el viejo coso dejó de ser únicamente un espacio taurino para convertirse también en un recinto abierto a otros usos.

Hoy la Plaza de Toros de Plasencia sigue en pie como testigo de muchas épocas. Ha visto crecer la ciudad a su alrededor. Lo que antes estaba en las afueras ahora forma parte del corazón urbano. Sus piedras guardan fiesta, tradición, dolor, memoria y vida.

Porque la Plaza de Toros de Plasencia no es solo una plaza.
Es un pedazo de la historia placentina.

19/06/2026

Hoy es viernes y el cuerpo lo sabe. 😏
Y en Plasencia hay un plan claro:

Bocatería Elfos

Bocadillos, raciones y cero complicaciones.
Solo una decisión importante: ¿qué te pides primero? 🍔🔥

📲 Hoy no se cocina… se disfruta.

Ahí os dejo con otro poquito de historia que me acorde sobre... El cuartel militar de La Constancia en PlasenciaEl antig...
19/06/2026

Ahí os dejo con otro poquito de historia que me acorde sobre...
El cuartel militar de La Constancia en Plasencia

El antiguo cuartel militar de La Constancia es uno de esos lugares que forman parte de la memoria profunda de Plasencia. Un edificio serio, grande, de ladrillo, con aire de otra época, que durante muchos años marcó la vida de la ciudad y de miles de hombres que pasaron por allí haciendo la mili.

Antes de ser cuartel, aquel edificio tuvo otra historia. Nació ligado a la enseñanza y a la beneficencia. Su origen está relacionado con el antiguo Colegio de San Calixto, impulsado por Calixto Payán y Vargas, Marqués de la Constancia. La idea inicial era crear un centro dedicado a la educación de niños huérfanos y necesitados. Por eso el edificio no nació como recinto militar, sino como un proyecto social y educativo.

Con el paso del tiempo, las circunstancias cambiaron. Las dificultades económicas hicieron que aquel gran edificio acabara en manos del Estado, y finalmente fue destinado a uso militar. Así comenzó una de las etapas más recordadas de La Constancia.

De colegio a cuartel

A partir de los años veinte del siglo XX, el edificio pasó a tener uso militar. Desde entonces, La Constancia se convirtió en uno de los puntos más importantes de Plasencia.

Por allí pasaron soldados, reclutas, mandos, compañías enteras y generaciones de jóvenes que llegaban a la ciudad para cumplir el servicio militar obligatorio. Para muchos, Plasencia fue su primer destino lejos de casa. Para otros, fue una etapa dura, de disciplina, frío, formación, guardias y recuerdos que nunca se borraron.

El cuartel no era solo un edificio cerrado entre muros. Era una presencia diaria en la ciudad. Se notaba en las calles, en los bares, en las pensiones, en las tiendas, en las estaciones y en la vida cotidiana de Plasencia.

El ambiente militar en la ciudad

Durante décadas, Plasencia convivió con el sonido de los pasos de los soldados, las órdenes, las cornetas, los camiones militares y los movimientos de tropa.

Los reclutas salían por la ciudad en sus horas libres. Muchos iban a tomar algo, a pasear, a escribir cartas, a llamar a casa o simplemente a matar el tiempo hasta volver al cuartel. Algunos hicieron amistades en Plasencia. Otros incluso encontraron aquí pareja, familia o una segunda tierra.

Los bares y comercios también notaban aquella vida militar. Los fines de semana, cuando había permisos o visitas familiares, la ciudad cambiaba de ambiente. Llegaban padres, novias, hermanos y amigos de los soldados. Había más movimiento, más juventud y más vida en las calles.

Para muchos placentinos, La Constancia significaba ver soldados por todas partes. Uniformes por la Plaza Mayor, por las calles cercanas, por las estaciones, por los bares y por los paseos de la ciudad.

El Regimiento Órdenes Militares

Uno de los nombres más unidos al cuartel fue el Regimiento de Infantería Órdenes Militares nº 37. Ese nombre quedó grabado en la memoria de mucha gente.

Hablar de La Constancia era hablar también de ese regimiento, de sus juras de bandera, de sus actos militares, de sus mandos y de todos aquellos jóvenes que pasaron por sus patios.

Las juras de bandera eran días especiales. Venían familias de muchos lugares. La ciudad recibía visitantes, se llenaban los alojamientos, los bares trabajaban más y el cuartel se convertía en centro de atención.

Para los soldados era un día de orgullo, de nervios y de emoción. Para las familias, una mezcla de alegría y nostalgia. Ver al hijo, al hermano o al novio vestido de militar era algo que quedaba para siempre en la memoria.

La mili en La Constancia

Muchos hombres recuerdan La Constancia como el lugar donde pasaron una etapa decisiva de su juventud. Algunos llegaron con miedo, otros con ganas de aventura, otros resignados porque la mili era obligatoria y no quedaba otra.

Allí aprendieron disciplina, horarios, obediencia, compañerismo y también paciencia. Hubo guardias largas, madrugones, frío en invierno, calor en verano, instrucción, revisiones, formaciones y momentos de cansancio.

Pero también hubo amistad. Muchísima amistad.

Muchos reclutas que coincidieron en La Constancia siguieron recordándose durante años. Algunos conservaron fotos, cartas, cartillas militares, medallas, insignias o simplemente una memoria llena de nombres y anécdotas.

El cuartel fue duro para unos y entrañable para otros. Pero casi nadie que pasó por allí lo olvidó.

Un edificio con mucha vida

La Constancia tenía una presencia imponente. Sus patios, sus galerías, sus dormitorios, sus dependencias y sus zonas de formación fueron testigos de miles de historias.

Historias de chavales que llegaban casi adolescentes y salían convertidos en hombres.
Historias de guardias interminables.
Historias de bromas entre compañeros.
Historias de cartas escritas a la familia o a la novia.
Historias de domingos esperando el permiso.
Historias de despedidas en la estación.
Historias de frío, rancho, botas, mantas, petates y voces de mando.

El cuartel era un pequeño mundo dentro de Plasencia.

El cierre del cuartel

Con el paso de los años, el Ejército fue cambiando su organización y muchos cuarteles de España fueron perdiendo actividad. La Constancia no fue una excepción.

El cierre del cuartel en los años noventa supuso el final de una época. Para Plasencia fue un golpe importante, no solo por la pérdida militar, sino por todo lo que el cuartel movía a nivel social y económico.

De repente, desapareció una parte del paisaje humano de la ciudad. Ya no se veían tantos soldados por las calles. Ya no había el mismo movimiento de familias, permisos, juras y trasiego militar.

Para muchos placentinos, aquello fue como perder un trozo de la Plasencia de siempre.

De cuartel a universidad

Después del cierre militar, el edificio tuvo una nueva vida. La antigua Constancia pasó a convertirse en espacio educativo y universitario.

Donde antes había soldados, instrucción y dormitorios militares, empezaron a aparecer estudiantes, aulas, profesores, bibliotecas y carreras universitarias.

El edificio volvió, de alguna manera, a sus orígenes: la enseñanza.

Primero nació como proyecto educativo, después fue cuartel militar y finalmente volvió a ser un lugar dedicado al conocimiento. Esa transformación hace que La Constancia sea uno de los edificios con más historia de Plasencia.

Lo que queda en el recuerdo

Hoy, mucha gente joven lo conoce como el edificio de la universidad, pero para generaciones anteriores seguirá siendo siempre el cuartel de La Constancia.

Un lugar de ladrillo, disciplina y memoria.
Un lugar donde se cruzaron miles de vidas.
Un lugar que trajo soldados de toda España a Plasencia.
Un lugar que llenó la ciudad de historias, uniformes, despedidas y recuerdos.

La Constancia no fue solo un cuartel. Fue una parte viva de Plasencia.

Y aunque ya no suenen las botas en sus patios ni las cornetas al amanecer, todavía queda algo de aquel eco antiguo entre sus paredes. Algo que recuerda que allí hubo juventud, mili, nervios, compañerismo, órdenes, nostalgia y muchas historias que aún siguen vivas en la memoria de quienes lo conocieron.

18/06/2026

Objetos perdidos depositados en nuestras jefatura de zona centro.

El Parque Infantil de Tráfico y la cara seria del señor Dimas (Creo que se llamaba)Aún me acuerdo del Parque Infantil de...
18/06/2026

El Parque Infantil de Tráfico y la cara seria del señor Dimas (Creo que se llamaba)

Aún me acuerdo del Parque Infantil de Tráfico de Plasencia como si lo estuviera viendo ahora mismo.

Para nosotros, que éramos unos críos, aquello no era simplemente un sitio con señales y bicicletas. Aquello era casi una ciudad en pequeño. Tenía sus calles pintadas, sus pasos de peatones, sus semáforos, sus stops, sus curvas y sus normas. Una especie de Plasencia en miniatura donde, por un rato, nos sentíamos mayores.

Llegábamos con esa mezcla de nervios y emoción que solo se tiene de niño. Unos iban pensando en coger la mejor bicicleta, otros en correr más que los demás, y alguno ya iba imaginando que aquello era una carrera. Pero nada más entrar, había algo que nos bajaba los humos de golpe: la cara seria del señor Dimas.

Creo que se llamaba así: Dimas.

Era de esos hombres que no necesitaban levantar mucho la voz para imponer respeto. Bastaba con mirarlo. Tenía una seriedad antigua, de las de antes, de las que hacían que uno se pusiera derecho sin saber muy bien por qué. No hacía falta que dijera demasiado. Su presencia ya decía bastante.

Nosotros llegábamos con ganas de jugar, pero él nos hacía entender que allí no se iba solo a dar vueltas con la bicicleta. Allí se iba a aprender.

—Aquí se respeta el stop.

Y todos respetábamos el stop.

—Aquí se mira antes de cruzar.

Y todos mirábamos, aunque no viniera nadie.

—Aquí no se corre como locos.

Y alguno corría menos, al menos mientras él estaba mirando.

El señor Dimas tenía esa autoridad seria que, vista con ojos de niño, parecía enorme. Hoy, con el paso de los años, uno lo recuerda de otra manera. Ya no como aquel hombre serio que imponía un poco, sino como alguien que estaba allí enseñándonos algo importante sin que nosotros nos diéramos cuenta.

Porque en aquel parque aprendíamos mucho más que señales de tráfico.

Aprendíamos a esperar nuestro turno.
A no cruzar de cualquier manera.
A entender que una norma no estaba puesta para fastidiar, sino para evitar un disgusto.
A mirar por nosotros y también por los demás.

Y eso, aunque entonces no lo supiéramos, era una lección de vida.

Recuerdo las bicicletas pequeñas, el ruido de las ruedas sobre el suelo, los niños riéndose, alguno que se saltaba una señal y enseguida recibía la mirada seria de Dimas. No hacía falta multa ni castigo. Aquella mirada ya era suficiente para que uno volviera al camino correcto.

El Parque Infantil de Tráfico era un lugar sencillo, pero tenía magia. No la magia de los cuentos, sino la de los recuerdos. Esa magia que aparece años después, cuando pasas por un sitio y de repente vuelves a ser niño por dentro.

Y entonces te ves allí otra vez, con las manos en el manillar, pendiente del semáforo, mirando de reojo al señor Dimas para asegurarte de que lo estabas haciendo bien.

Porque, aunque parezca mentira, aquellas pequeñas clases se quedaban grabadas.

Quizá por eso, cuando uno recuerda aquel parque, no recuerda solo las señales ni las bicicletas. Recuerda la sensación. Recuerda la infancia. Recuerda a los compañeros. Recuerda esos días en los que aprender parecía un juego.

Y recuerda también aquella cara seria del señor Dimas, que a su manera formaba parte del parque tanto como los semáforos, los pasos de peatones y las calles pintadas en el suelo.

Hoy, al pensarlo, uno entiende que aquel hombre serio estaba haciendo algo grande: enseñarnos a movernos por la vida con un poco más de cuidado.

Porque al final, la vida también tiene cruces, señales, paradas obligatorias y momentos en los que hay que mirar bien antes de seguir adelante.

Y tal vez por eso el Parque Infantil de Tráfico de Plasencia no fue solo un parque.

Fue una pequeña escuela de respeto, prudencia y memoria.

Y para muchos de nosotros, también fue uno de esos rincones de la infancia que ya no se olvidan.

18/06/2026

Como veo que hay quien le pone pegas a todo, pero luego no es capaz de aportar nada, enseñar nada ni compartir nada con los demás, lo diré claro: criticar imágenes y textos desde la barrera es muy fácil.

Lo difícil es dedicar tiempo, buscar historias, rescatar recuerdos, preparar textos, crear imágenes y compartirlos para que no se pierdan.

A quien no le guste, está en su derecho.
Pero una cosa es opinar y otra muy distinta es estar siempre esperando para señalar el fallo, la coma, el detalle o la intención.

Mientras algunos solo critican, otros seguimos intentando aportar algo, con más o menos acierto, pero con ganas y con respeto.

Así que nada: seguid con lo vuestro, que yo seguiré con lo mío.
Compartiendo, recordando, creando y sacando a la luz cosas que, si no se cuentan, se acaban perdiendo. destacados

18/06/2026

🍒 BUSCAMOS PERSONAL PARA TRABAJAR CON INCORPORACIÓN INMEDIATA 🍒

Si te interesa, manda tu solicitud al correo [email protected]

Si conoces a alguien que le pueda interesar, ¡comparte para que le llegue!

El PlatanitoEl Platanito fue el apodo artístico de Blas Romero González, un torero extremeño nacido en Castuera, Badajoz...
18/06/2026

El Platanito

El Platanito fue el apodo artístico de Blas Romero González, un torero extremeño nacido en Castuera, Badajoz, en 1945.

Fue uno de esos personajes que no se explican solo con fechas y datos, sino con la vida dura que llevaba encima. Venía de un origen humilde, de una infancia complicada y de un tiempo en el que muchos chavales tenían que buscarse el pan casi a golpes contra el mundo.

Su fama llegó porque no era un torero al uso. El Platanito era espectáculo puro, una mezcla de valentía, locura, descaro y supervivencia. En los ruedos hacía cosas que se salían de lo normal: se acercaba al toro de manera temeraria, provocaba al público, se jugaba el tipo y convertía cada tarde en una función imprevisible.

De ahí nació incluso la palabra “platanada”, que se usaba para hablar de esas ocurrencias suyas dentro de la plaza: gestos arriesgados, escenas casi cómicas, momentos de tensión y acciones que podían terminar en ovación, susto o bronca.

No fue una figura elegante ni académica del toreo. No tenía ese aire de torero fino y clásico. Era más bien un torero de raza callejera, de los que parecían salir al ruedo como quien sale a pelearse con la vida. Y eso fue precisamente lo que lo hizo popular.

Durante un tiempo llenó plazas y llamó mucho la atención. La gente iba a verlo porque nunca sabía qué podía pasar. Con El Platanito no había tarde tranquila. Podía haber una faena, una extravagancia, una cogida, una carcajada o una escena para recordar durante años.

Pero como ocurre muchas veces con los personajes nacidos del espectáculo popular, la fama le duró menos de lo que merecía. Pasó de ser conocido y comentado a quedar apartado, casi olvidado, lejos de aquellos días en los que su nombre levantaba expectación.

En pocas palabras

El Platanito fue un torero extremeño distinto, valiente hasta la temeridad, más personaje que figura clásica. Un hombre marcado por la necesidad, por la calle y por una forma de entender el ruedo como si cada tarde fuera la última.

No fue solo un torero raro.
Fue una leyenda popular: mitad torero, mitad superviviente, mitad loco maravilloso de aquellos tiempos en los que la fama se ganaba jugándose la piel delante de un toro.

Dirección

Calle Batalla De San Quintín
Plasencia
10600

Horario de Apertura

Martes 06:00 - 10:00
Miércoles 06:00 - 10:00
Jueves 06:00 - 10:00
Viernes 06:00 - 10:00
Sábado 06:00 - 10:30
Domingo 06:00 - 11:00

Teléfono

+34667276120

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Churreria La Data Plasencia publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto La Empresa

Enviar un mensaje a Churreria La Data Plasencia:

Compartir