14/10/2026
¿CUÁNTO NOS CUESTA PRODUCIR MÁS? ¿Y QUIÉN PAGA LAS CONSECUENCIAS?
Durante décadas, la agricultura ha perseguido aumentar la productividad, combatir las plagas y reducir los costes de producción. Pero algunas de las herramientas utilizadas para conseguirlo han dejado una factura que no aparece en el precio de los alimentos.
Un ejemplo es el clorpirifós, un insecticida organofosforado utilizado durante décadas en numerosos cultivos.
La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) identificó riesgos preocupantes para la salud humana, especialmente por su posible genotoxicidad y sus efectos sobre el desarrollo neurológico infantil. Los datos disponibles ni siquiera permitieron establecer un nivel de exposición considerado seguro.
En 2020, la Unión Europea prohibió su uso fitosanitario.
Y mientras Europa prohibió el uso del clorpirifós en 2020, su situación regulatoria sigue siendo desigual en distintos países.
Y aquí surge una contradicción que merece una reflexión.
Exigimos a nuestros agricultores producir con mayores garantías sanitarias y ambientales, mientras compiten en un mercado internacional donde las reglas de producción no siempre son equivalentes.
¿Cuánto cuesta producir respetando los suelos, la biodiversidad y la salud?
¿Y cuánto nos cuesta, como sociedad, afrontar las consecuencias de haber ignorado esos factores durante décadas?
La agricultura ecológica también tiene costes. Requiere conocimiento, prevención, seguimiento y un compromiso constante con el equilibrio del ecosistema.
Pero hay algo que deberíamos empezar a incorporar a nuestras cuentas: el verdadero coste de producir alimentos no termina en la explotación agrícola.
Porque producir más nunca debería significar comprometer aquello que nos permite seguir produciendo.