27/07/2026
Cada verano asistimos, una vez más, al mismo escenario desolador: miles de hectáreas de monte arrasadas por el fuego, ecosistemas destruidos, viviendas amenazadas y personas que viven con el miedo y la impotencia de ver cómo las llamas se llevan por delante nuestro patrimonio natural.
Resulta difícil comprender cómo, después de tantos años sufriendo incendios forestales, no se apuesta de forma decidida por la prevención. No es entendible que nuestros montes continúen con una acumulación excesiva de maleza, que no se realicen limpiezas periódicas, que los cortafuegos sean insuficientes o inexistentes en muchos lugares y que el mantenimiento forestal siga sin ser una prioridad.
La prevención no elimina por completo el riesgo de incendios, pero sí puede reducir su frecuencia, su intensidad y sus devastadoras consecuencias. Por eso, es inevitable preguntarse por qué no se destinan más esfuerzos y recursos a estas labores preventivas. ¿Qué intereses existen para que, año tras año, se repita la misma historia sin que parezca haber un cambio real en la gestión de nuestros montes?
Es profundamente indignante y deleznable contemplar cómo cada verano volvemos a lamentar pérdidas que, en muchos casos, podrían minimizarse con una planificación adecuada, una gestión forestal responsable y una verdadera apuesta por la prevención. La sensación de impotencia que experimentan quienes aman y viven cerca del monte es enorme.
Nuestros bosques no pueden seguir dependiendo únicamente del trabajo heroico de los equipos de extinción cuando el fuego ya se ha declarado. Es imprescindible actuar antes, cuidar el territorio durante todo el año y asumir que la prevención no es un gasto, sino una inversión para proteger la vida, el medio ambiente y el futuro de todos.
Es hora de dejar de reaccionar únicamente cuando las llamas ya son imparables y empezar a exigir responsabilidades y medidas eficaces que eviten que esta tragedia se repita verano tras verano.