05/01/2014
Parte importante de estos bellos espacios de la ciudad es el reencontrarse con la historia y personajes de leyenda que todavía transitan o aparecen en las noches de luna llena, relatos guardados por los antiguos moradores que sembraron y atesoraron miles de anécdotas, como en este caso “El Carretonero del Templo de Analco”.
Antiguamente los pequeños cementerios de Durango se dividían en clases, como por ejemplo el cementerio del templo de Santa Ana donde se sepultaban los restos de aristócratas, gente influyente de Durango y personajes de origen español e ingles especialmente; el Panteón de los pobres en torno a la iglesia de San Juan Bautista de Analco, antigua ermita de los padres franciscanos y al constituirse como misión para la evangelización de los tepehuanos -que entonces eran la etnia más numerosa del estado-, luego de tener sus principales poblados en El Tunal, La Ferreria y El Conejo.
Analco que en Nahuatl significa “Más allá del Rio”, esto en en alusión al Arroyo de San Vicente, entubado desde 1982 como el Bulevar Dolores del Rio, pero que en esa época dividía a Analco de la ciudad de Durango, Templo en el cual descansan los restos del sacerdote que dio origen a la leyenda de El Carretonero de Analco y que tendría una trágica muerte. Se dice que el sacerdote era de buena presencia, joven y guapo, mismo que se fijó en una bella morena a quien pidió agua, y como cualquier hombre se sintió atraído y enamorado de ella, con la consecuencia fatal para un sacerdote de sostener un esporádico romance con la bella criolla.
Arrepentido de caer en tentación y romper su voto de castidad al yacer con ella, se flageló en el regreso de “El Tunal” al poblado, pero al dar vuelta por la calle de Volantín su carreta se volcó quedando enredado entre las cadenas o la rienda para ser arrastrado, muriendo destrozado y sepultado en la iglesia.
Actualmente todavía se corre la voz de que altas horas se escucha por esas calles el paso de lo que parece una carreta rumbo al templo, incluso hay vecinos y transeúntes nocturnos que aseguran haberla visto con caballos desbocados guiados por un sacerdote sin cabeza, no a las doce de la noche, si no entre nueve y diez, mismos que tan solo se santiguan, rezan y cambian de calle.