29/05/2026
El Papa León XIV publicó una encíclica advirtiendo sobre la concentración de poder, los monopolios de información y el control de las conciencias en manos de pocos.
El b***o hablando de orejas.
La hipocresía del poder: el Vaticano descubre los monopolios
Por Isaac Guzmán
Hay algo cómico en que la institución que inventó la centralización de la verdad en Occidente saque una encíclica para advertirnos sobre la concentración de datos en pocas manos.
Magnifica humanitas, la primera encíclica del Papa León XIV, publicada el 25 de mayo, es básicamente el Vaticano denunciando en OpenAI y Google el mismo modelo de negocio que ellos perfeccionaron durante mil quinientos años. Un intermediario único entre el usuario y aquello que le da sentido a su vida, con monopolio sobre el lenguaje, sobre la interpretación y sobre la sanción al disidente. La diferencia es que Sam Altman no quema a nadie en la hoguera.
El Papa pide “restricciones éticas más rigurosas” para quienes diseñan tecnologías que moldean la conciencia colectiva. El planteamiento es impecable. También es lo que el Index Librorum Prohibitorum hizo durante cuatro siglos hasta 1966. Ayer, en términos institucionales. La Iglesia decidió qué se podía leer, qué se podía pensar y qué se podía decir en voz alta, con un aparato burocrático que Silicon Valley apenas está aprendiendo a replicar.
La encíclica habla de “nuevos monopolios” que concentran datos, capital informático y capacidad normativa. Cámbiale los sustantivos: confesionarios, diezmos y derecho canónico. Es el mismo modelo. La Iglesia inventó la extracción sistemática de datos íntimos antes de que existiera la palabra dato. Cada confesión es un registro. Cada bautismo un identificador. El Vaticano lleva veinte siglos haciendo perfilado del alma.
León XIV también pide superar la teoría de la “guerra justa”. Excelente. Esa teoría la inventaron Agustín y Tomás de Aquino, dos Doctores de la Iglesia, precisamente para que el cristianismo pudiera matar con coartada teológica. Las Cruzadas, la Reconquista, la conquista de América, las guerras de religión que despoblaron Europa en el siglo XVII. Todo eso operó bajo ese paraguas. Pedir hoy superarlo es admitir que durante un milenio se vendió como doctrina lo que era licencia para el imperio.
La petición de perdón por la esclavitud va en el mismo género. Hermoso gesto. También: la Iglesia poseyó esclavos, bendijo el comercio atlántico con bulas papales desde 1452, y la primera condena pública del tráfico no llegó hasta 1839. Peor todavía. En 1866, ya con Lincoln mu**to y la esclavitud abolida en Estados Unidos, el Santo Oficio seguía declarando que comprar y vender esclavos no era contrario al derecho divino. Pedir perdón cuando el costo de oportunidad es cero no es contrición. Es relaciones públicas.
Lo más fino del documento, y también lo más revelador, es la crítica al transhumanismo. La idea de optimizar al ser humano, eliminar su fragilidad, controlarlo todo. El Papa tiene razón en que es una visión empobrecida. Pero el catolicismo histórico ofrecía exactamente lo mismo en versión sobrenatural. Elimina tu fragilidad con los sacramentos, controla tu destino con la gracia, optimiza tu alma con la confesión, evita la muerte con la salvación. Silicon Valley no inventó la promesa de trascendencia. La copió. Lo que le molesta a la Iglesia no es la promesa. Es la competencia.
Por eso el documento llega ahora. No porque la IA haya alcanzado un punto crítico, sino porque el Vaticano necesita reposicionarse como autoridad moral global en el único terreno donde todavía puede pretender voz: qué significa ser humano. Es una jugada inteligente. También es, exactamente, lo que la encíclica acusa a las big tech de hacer.
El diagnóstico de la encíclica es correcto. La concentración de poder es peligrosa. La tecnología necesita límites éticos. El ser humano merece más que ser optimizado. Todo eso es verdad. Solo que sale de la boca de la institución que mejor lo sabe porque mejor lo ha practicado.
El b***o hablando de orejas.