17/06/2026
Hay misterios que Dios esconde en las cosas más pequeñas.
En un puñado de madera, en seis cuerdas tensadas por el tiempo, en dedos que tropiezan buscando una melodía.
Quién imaginaría que dentro de un instrumento cabría un universo. Que entre vibraciones invisibles habitan nostalgias, alegrías, despedidas y promesas. Que una sola nota podría viajar más lejos que las palabras.
Quizá el amor de Dios se parece un poco a la música: no siempre se ve, pero transforma todo lo que toca. Se cuela entre las grietas, ordena el ruido, y convierte el caos en canción.
Y mientras el mundo insiste en ser apresurado, una guitarra recuerda que toda obra hermosa requiere paciencia. Que antes del himno hubo silencio. Que antes de la armonía hubo cuerdas siendo afinadas. Que antes de la alabanza hubo un corazón aprendiendo a escuchar.
Tal vez por eso es difícil aferrarse al enojo cuando se contempla tanta grandeza. Porque al mirar de cerca una simple guitarra, uno termina mirando mucho más lejos: al Dios que hace de seis cuerdas un océano, de una nota una plegaria, y de una canción un hogar.
"Canten al Señor un cántico nuevo." — Salmo 96:1