17/07/2026
Crecí con pan en la mesa.
Y no me refiero solamente a tener algo que comer. Hablo del aroma que despertaba la casa antes que el sol. Del fuego encendido mientras San Cristóbal seguía cubierto por la neblina. De las conversaciones entre charolas, de las manos que llegaban cada madrugada y que, con el tiempo, también fueron enseñando a otras manos.
Crecí viendo que un pan podía reunir a una familia, acompañar un café, celebrar una noticia o consolar un día difícil.
Con los años entendí que, sin darme cuenta, también fui creciendo junto a este oficio. Aprendí a reconocer el lenguaje de la harina, el respeto por los tiempos, la belleza de crear algo que después formaría parte de la vida de alguien más.
Hoy miro hacia atrás con un profundo agradecimiento. Por quienes comenzaron este camino, por quienes lo han sostenido durante tantos años y por todas las personas que siguen encontrando un lugar para nuestro pan en su mesa.
Porque, al final, siempre hay algo que me devuelve a casa.
Y casi siempre… hay pan esperándome.