04/05/2018
Ven y Conoce las inigualables Enchiladas Rioverdenses Aqui en La Potosina
La leyenda de la enchiladas Rioverdenses
Cuenta la leyenda, personificada en Doña Patrocinio Lom, que hubo un tiempo en que los niños de Rioverde fueron felices. Muy felices. Esto ocurrió en una época en que las acequias llevaban por buen camino el agua y el drenaje, florecía la Hacienda de San Diego del Sr. Verástegui y el país disfrutaba de una precaria paz porfiriana, hace cien años, a finales del siglo diecinueve. De procedencia incierta y nombre nunca revelado, apareció por el pueblo una misteriosa mujer que nunca salía de su casa ni mantenía contactos sociales, a excepción de algunos niños que empezaron a visitarla por las tardes atraídos por ciertos bocadillos suculentos que ella misma preparaba.
Pronto se hizo costumbre entre los infantes riverenses acudir al domicilio ubicado en la calle Real (hoy avenida del Centenario), donde aquella solterona alimentaba a los pequeñines con un platillo fuera de lo común, que tenía el poder de restaurar el ánimo y la alegría que tan a menudo abandonan a los menores del fin de cada siglo. Por aquel entonces la región era asolada por renovados mitos apocalípticos. La gente se debatía entre nuevas y estrafalarias creencias, todas infectadas por premoniciones de hecatombes y cataclismos. El fin del mundo se acercaba con el fin del siglo. Por eso extrañó a todo el mundo la actitud de los niños: rebozaban felicidad mientras caminaban por las lodosas y hediondas avenidas, jugaban en la Plaza de las Chimoleras (hoy extinta) ignorando la vidriosa mirada de los adultos, en la Iglesia se picaban la cola y el ombligo, y por las noches despertaban a carcajadas interrumpiendo “vaya usted a saber qué clase de sueños”.
La casa de la incógnita dama se llenaba desde temprana hora. Todos los niños del pueblo acudían con hambre de aquello mágico que les daba tantas fuerzas, al punto que dejaron de comer en sus casas. Y cuando por alguna razón se les prohibía salir, pronto palidecían, se hacían ovillo y vociferaban:
—! Quiero enchiladas
La pena de las madres por el pronto infortunio del universo dio paso a la preocupación por la conducta de sus hijos. De allí pasaron a la curiosidad y a formar un comité de espionaje que investigaría la naturaleza de lo que allí comían los niños. Pronto se reveló el origen de tan oscuro y extraño fenómeno. Entonces apareció la indignación y la rabia. Quién sabe qué diantres fabricaba aquella mujer, pero sin lugar a dudas estaba hechizando a los niños. Quizás no era otra cosa que un nuevo augurio de la pronta venida del anticristo. Era evidente que la bruja los estaba envenenando con un alimento maligno. Bastaba con ver aquellos saltimbanquis, para darse cuenta que estaban poseídos por el mismísimo Satán. El piadoso pueblo riverense de aquellos días no podía permitir semejante atropello.
El día menos pensado se organizaron para darle pronta solución al conflicto. Llegada la noche dejaron encerrados a sus hijos en las casas y tomaron la calle Real con antorchas y toda la cosa para quemar a la bruja. Desde el interior de su casa, la Maga de las Enchiladas permanecía inmóvil escuchando las consignas en su contra. Momentos antes de que la puerta se derrumbara a pedradas y puntapiés, pronunció el Gran Conjuro que acompañaría a sus enchiladas por toda la eternidad. Cuando la gente pudo entrar al lugar, encontraron aquellos guisos que durante los últimos meses habían trastornado tanto a sus hijitos. Y la verdad, ellas mismas concluyeron, que no parecía nada extraordinario.
Las mujeres de Rioverde se dieron cuenta de inmediato lo sencillo que sería reproducir esa comida hasta el momento maldita. Y es que estaban temerosas de no poder contener a sus hijos luego de deshacerse de la bruja, quien por cierto, en medio de la confusión del momento pudo escapar sin que nadie supiera su nombre ni paradero. Las enchiladas se empezaron a cocinar en las casas para beneficio espiritual de los niños de Rioverde, año tras año, hasta convertirse en un platillo regional típico.
—El que hoy en día las enchiladas tienen un hechizo no se puede dudar, acabó diciendo Doña Patrocinio Lom del mercado Cristóbal Colón de Rioverde— si no, ¿cómo se explica que la gente les gusten tanto, si no tienen nada?