21/12/2025
Yuri Knorozov, el lingüista soviético que logró descifrar la escritura maya, era conocido tanto por su rigor intelectual como por una peculiar costumbre que desconcertaba a editores y colegas: solía incluir a su gata siamesa, Asya, como coautora de sus artículos académicos. Cuando los editores eliminaban su nombre, Knorozov protestaba abiertamente. También insistía en que Asya apareciera junto a él en las fotografías oficiales de autor, y se molestaba cuando la recortaban.
Más allá de esa anécdota entrañable, su logro científico fue extraordinario.
Durante décadas, la escritura jeroglífica maya había sido uno de los grandes enigmas de la arqueología. A diferencia de otros sistemas antiguos, no existía una “Piedra de Rosetta” que facilitara su comprensión. No había textos bilingües ni traducciones antiguas. Solo glifos tallados en estelas, códices fragmentarios y monumentos dispersos por Mesoamérica.
Knorozov trabajó a miles de kilómetros de esos lugares, desde la Unión Soviética, sin viajar nunca a las ruinas mayas y con acceso limitado a publicaciones occidentales. Aun así, a partir de fotografías y copias, llegó a una conclusión decisiva: la escritura maya no era puramente ideográfica ni alfabética, sino silábica. Cada signo representaba una sílaba, no una letra ni una idea aislada.
Esta hipótesis contradecía la visión dominante de la época, defendida especialmente por el influyente mayista británico J. Eric S. Thompson, quien rechazó con firmeza cualquier lectura fonética. A ello se sumaron los prejuicios propios de la Guerra Fría: durante años, muchos académicos occidentales ignoraron o desacreditaron el trabajo de Knorozov simplemente por su origen soviético.
Con el tiempo, la evidencia se impuso. Nuevos desciframientos confirmaron una y otra vez que Knorozov había tenido razón. Su método se convirtió en la base de la epigrafía maya moderna y permitió, por primera vez, leer nombres de gobernantes, fechas históricas, rituales y acontecimientos políticos inscritos hacía más de mil años.
El antropólogo Michael D. Coe resumió décadas después la magnitud de su logro: un investigador que jamás había pisado una ciudad maya había hecho posible la lectura de toda una civilización.
Hoy, Yuri Knorozov es reconocido como la figura clave en el desciframiento de la escritura maya. Y en muchas fotografías y recuerdos, aparece acompañado por Asya, la gata que, según él, también merecía figurar en la historia del descubrimiento.