Los efectos sociales y políticos del narcotráfico son devastadores y perversos, se trata de una industria criminal que penetra la sociedad, trastoca sus valores y su cultura y acelera procesos de desintegración social; asimismo, la debilidad institucional y hasta hace pocos años, escasa presencia del Estado en importantes porciones del territorio nacional, contribuyeron al avance de la industria
ilegal, la misma que se beneficiaba de la indiferencia de ciertos sectores de la sociedad frente al negocio de las dr**as y de su tolerancia frente a actividades económicas ilícitas. No es posible promover la democracia en entornos donde las redes delictivas se han convertido en actores sociales poderosos, siendo ésta incompatible con regímenes de control social fundados en el delito; en una sociedad democrática, el delito es la excepción y no la norma, el sistema político y jurídico lo combate y la opinión pública lo repudia. La ciudadanía tiende a definirse ahora a través de nuevos escenarios y de prácticas sociales en constante transformación, relacionadas con dos elementos clave: la participación, entendida como la capacidad, la voluntad y el poder de actuar, y la interdependencia, el reconocimiento del compromiso y la responsabilidad global. Invitamos desde este espacio a ejercer esa responsabilidad y motivar al descubrimiento de nuevos espacios de participación e iniciativa, que contribuya al desarrollo de nuestro país.