06/20/2026
El cinismo de la izquierda autoritaria
Mientras se discuten los recientes anuncios económicos, una frase de Miguel Díaz-Canel casi ha pasado inadvertida. La pronunció al clausurar el Pleno Extraordinario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba:
«Paralelamente, se intensifica la subversión político-ideológica mediante la intoxicación mediática en las redes sociales para dañar la credibilidad de la Revolución, entre cubanos y extranjeros, estimulando la desorientación social en un escenario nacional e internacional impactado por transformaciones profundas en la estructura socioeconómica y la geopolítica mundial, como consecuencia de los ilimitados poderes de una política imperial hegemónica, que pretende hacer trizas el multilateralismo, alimenta las corrientes neofascistas y agudiza las tensiones globales, amenazando constantemente la paz y la seguridad internacionales e intentando quebrar la indispensable unidad de las fuerzas de izquierda.» (1)
La expresión merece atención. ¿Qué entiende el poder cubano por «subversión político-ideológica»? En un sistema que no admite alternancia política, suele significar algo bastante simple: pensar y hablar fuera del relato oficial. La crítica deja de ser un derecho y pasa a tratarse como una actividad sospechosa.
Hay arrogancia en esa idea, porque el poder se atribuye una verdad que nadie puede discutir. También hay intolerancia: el desacuerdo se descalifica antes de que comience el debate. El error de fondo es todavía más grave. Ninguna sociedad corrige sus ideas si castiga a quienes las contradicen.
El paso siguiente consiste en llamar «intoxicación» a la libre expresión. Un ciudadano que cuenta lo que vive o denuncia una decisión ya no estaría ejerciendo un derecho: estaría contaminando a los demás. Mientras tanto, el Gobierno se expide a sí mismo el certificado de la verdad.
A estas alturas, la Revolución no necesita una campaña que la desacredite. Cuba está ahí. La crisis económica, la emigración masiva, el deterioro de los servicios públicos y la pérdida de expectativas se padecen a diario. No son una invención de las redes.
Por eso incomodan tanto los medios y los espacios digitales que el Estado no controla. No porque sean «tóxicos», sino porque hacen más difícil ocultar las consecuencias del dogmatismo y la mala gestión, agravadas por una resistencia obstinada a corregir el rumbo.
Después, el discurso cambia de escala y se marcha hacia la geopolítica mundial. Aparecen el imperialismo, el fascismo y el multilateralismo. Son asuntos que merecen discusión, pero no responden a la pregunta que pesa sobre la vida cotidiana: ¿cómo llegó Cuba a este estado y quién debe rendir cuentas por ello?
La izquierda autoritaria no es toda la izquierda, aunque a menudo pretenda hablar en su nombre. En realidad, la contradice. No puede pedirse unidad alrededor de la exclusión política y de un fracaso que lleva décadas a la vista. Una izquierda digna de ese nombre tendría que defender la justicia social dentro de una democracia plural y responder por sus resultados.
La contradicción se vuelve casi grotesca cuando el mismo poder que llama «subversivos» a quienes discrepan invita ahora a la diáspora cubana a invertir en el país. Su dinero es bienvenido; sus opiniones, no.
Hay otro antecedente que conviene recordar. En 2005, Fidel Castro reconoció que el error más importante había sido creer que alguien sabía cómo se construía el socialismo. Más de veinte años después, el sistema busca oxígeno en mecanismos del mercado que durante décadas condenó. Rectificar no tiene nada de vergonzoso. Lo difícil de aceptar es que la rectificación llegue después de 67 años y de millones de vidas marcadas por la pobreza y las oportunidades perdidas.
Tampoco conviene confundir un paquete anunciado y aprobado en instancias políticas con una reforma ya realizada. Falta ver su aplicación real y hasta dónde llegará; la experiencia cubana también obliga a preguntar cuánto durará. Sin derechos políticos ni instituciones capaces de exigir garantías jurídicas, cualquier apertura puede recortarse o revertirse cuando el poder lo decida. Esa es, precisamente, la razón para desconfiar.
(1) Miguel Díaz-Canel Bermúdez. Discurso pronunciado en la clausura del Pleno Extraordinario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. 18 de junio de 2026.
https://www.presidencia.gob.cu/es/presidencia/intervenciones/discurso-pronunciado-en-la-clausura-del-pleno-extraordinario-del-comite-central-del-partido-comunista-de-cuba/